En medio de una pandemia fuera de control, de la peor crisis económica en la historia del país y de la radicalización del régimen neo bolchevique trasnochado, que encontró su camino de Damasco en estas circunstancias, cuyo dolor y muerte le vienen como anillo al dedo, el próximo 18 de octubre se llevarán a cabo las elecciones a alcaldes en el estado de Hidalgo y a diputados locales, en el de Coahuila, según lo aprobó la semana pasada, con diez votos a favor y uno en contra, el Consejo General del Instituto Nacional Electoral, votación, por cierto, en la que debutaron las y los flamantes consejeros designados una semana antes por la Cámara de Diputados.
En Hidalgo, todo apunta a que el priísmo se habrá entregado a Morena como Julieta a Romeo y que el PAN no tendrá mucho que hacer ahí, sino resignarse a ser un espectador más de esta tragicomedia, la cual ya sabemos en qué va a terminar, con dos amantes que han decidido abrazarse hasta la muerte a pesar de sus antagónicos apellidos, aunque tan afines, tragándose el veneno de la complicidad que, paradójicamente, tanto los une.
Cosa muy distinta acontecerá en Coahuila, aunque en ambos estados, como anoté varias entregas atrás, no se haya verificado jamás la alternacia en sus respectivas gubernaturas, las preferencias en la norteña entidad apuntan hacia un carro casi completo para el PRI, salvo unas cuantas posiciones a repartirse entre PAN y Morena en la Comarca Lagunera, así como la que suele ganar Unidad Democrática de Coahuila en el norte del estado.
Lo cierto es que nadie de por aquel rumbo se anda mordiendo las uñas por salir a votar con todo y pandemia por un grupo de (con honrosas excepciones) desconocidos aspirantes a diputados locales que solo interesan al gobernador en turno para sacar adelante la segunda mitad de su periodo con cierta holgura y margen de maniobra.
Estos comicios, sin embargo, servirán para probar lo que queda de nuestro sistema democrático, la solidez de los partidos, la participación de la sociedad y la fuerza de Ya Sabes Quién.
Representa todo un reto también para las autoridades electorales, tanto estatales como nacionales, obligadas a garantizar desde su organización hasta la jornada de votación con las medidas sanitarias y de distanciamiento social que eviten cualquier riesgo para los funcionarios de casilla y, por supuesto, para los sufragantes.
Si las cosas salen medianamente bien, la gente tendrá confianza para participar en los procesos de 2021, en que se disputan 21 mil 368 cargos y 15 gubernaturas; de lo contrario, derivará en apatía, temor y abstención, suculento cóctel para quien aspira a una baja votación dominada por su clientela electoral financiada con los impuestos de todos los demás. Antesala para un día de campo en la revocación de mandato del 22 y licencia para seguir haciendo lo que se le pegue la gana con un país que bajo su ideología bien podría mantenerse comiendo frijoles y tortillas por el resto de su vida, bajo la dictadura del resentimiento, el evangelio de la envidia y la Constitución del odio. Y eso sí que está cabrón.
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