En esta serie de 21 entregas hemos hablado del candidato, su equipo, su estrategia y su estratega, ahora toca el turno a los estudios de opinión, los cuales tradicionalmente se distinguen entre cuantitativos y cualitativos. Los primeros se fundan en la estadística cuyo origen, paradójicamente, se encuentra en las pandemias, pues los gobiernos de hace algunos siglos, al ver morir en masa a sus súbditos decidieron contarlos, clasificarlos por edad, sexo, clase social, lugar de residencia, etcétera y con esa información hacer proyecciones, predicciones y programas de prevención y salud pública.
De ahí nacieron las encuestas para conocer la opinión popular y la percepción ciudadana al preguntar qué, quién, cuándo, dónde, por qué, cómo, cuánto, para qué y muchos otros reactivos que al Estado le sirven para realizar su tarea con información verás, oportuna y de primera mano.
En materia electoral, se trata de un instrumento muy poderoso que atendiendo a la teoría de Wilburn Schramm resuelve el dilema de la retroalimentación o “feedback” de un mensaje emitido por un solo emisor pero que es “cachado” por cientos, miles o millones de receptores que a su vez lo comparten y socializan entre sí y decodifican cada uno o cada grupo a su manera.
Solo a través de la encuesta se puede lograr que ese mensaje regrese como una especie de búmeran a su emisor para entonces establecer un proceso dialéctico sostenido con las masas, públicos, audiencias, electores, seguidores, gobernados o como se los prefiera.
Los estudios cualitativos se llevan a cabo a través de los famosos grupos de enfoque o “Focus groups”, temidos por los publicistas, quienes suelen llamarlos sarcásticamente “fucking groups”, pues aunque carecen de valor estadístico, su misión es la validar el mensaje, entender a los públicos recreando situaciones comunes en su ambiente natural, donde reciben este, lo mastican, discuten, rebaten y a menudo llegan a ciertas conclusiones que desde una cámara oculta o una cámara de Gessel, los expertos observan para tomar notas sobre la aprobación, rechazo o áreas de oportunidad tanto del mensaje como del emisor.
En pocas palabras, las encuestas tiran más para el monte del qué y del cuánto y los estudios cualitativos a la espesa llanura del cómo.
El uso de estos importantes instrumentos es relativamente nuevo en materia electoral y así como la radio, la televisión, la prensa y el internet, ha sido en los Estados Unidos donde se explotan de manera preminente y profesional desde principios y mediados del siglo pasado.
En México se empezaron a hacer populares en la voz del inefable Jacobo Zabludovsky quien se inventaba los suyos para cohonestar el poco creíble resultado de distintas elecciones donde el oficialismo no precisamente había resultado favorecido.
No fue sino hasta que el Centro de Estudios de Opinión de la Universidad de Guadalajara, el CEO, se hiciera popular al anticipar los resultados en distintos procesos electorales donde la oposición terminó derrotando al partido oficial, que la encuestas en México empezaron a gozar de credibilidad.
Como este tema da para mucho, esta historia... continuará.