La primera vez que fui a San Luis Potosí fue en 1993, para un encuentro entre jóvenes panistas, en el que concurrieron Alfredo Ling Altamirano, Rodolfo “El Negro” Elizondo y Carlos Castillo Peraza, como candidatos a la dirigencia nacional del PAN, de entre los cuales, posteriormente, el último resultó ganador.
Luis Héctor Álvarez terminaba su gestión como líder nacional y los jóvenes panistas lo despedían en hombros cual matador victorioso de una estupenda tarde de toros.
Jorge Lozano Armengol, a la sazón, candidato a gobernador de ese estado marchó acompañado de la plana mayor panista frente al parque Tanga Manga, dando inicio a su campaña.
Un par de años después, regresé acompañando a Lupita Salinas, responsable de la formación de los panistas a nivel regional, de Florentina Villalobos, primera diputada panista a nivel nacional, chihuahuense al igual que don Luis, y a María Elena Cruz, quien posteriormente fuera senadora y pereciera trágicamente, víctima de un misil aéreo disparado por el gobierno egipcio mientras participaba en un tour por el país africano, por una presunta confusión.
En esa segunda visita a San Luis, conocí a Alfredo Lujambio, quien había sido, años atrás, candidato por el PAN a la alcaldía de Guadalajara y a Antonio Herrán, líder estatal de ese partido en tierras potosinas.
En esa ocasión, escuché por primera vez hablar del doctor Salvador Nava, quien fuera el primer alcalde independiente de este país y, luego, el primero electo para el mismo cargo y, décadas después, encabezando una coalición entre partidos.
Nava, según supe entonces, enfrentó lo mismo al cacique y líder priísta Gonzalo N. Santos, que la tortura y la represión militar, cuando encabezó una marcha para defender su triunfo como candidato a gobernador, siendo encarcelado en el Campo Militar número 1, en la Ciudad de México y posteriormente en Lecumberry.
Años después, ante un segundo fraude, mediante la resistencia civil, encabezada por él, dobló al Salinismo a través de una marcha por la dignidad, que duró 14 días y obligó a renunciar a su cargo a Fausto Zapata, quien lo había usurpado y, al régimen, a convocar a nuevas elecciones, aunque lo que no pudo el sistema, vencerlo, lo consiguió la enfermedad, el cáncer, por lo que ya no pudo presentarse como candidato a la elección extraordinaria.
Salvador Nava le hereda a México uno de los movimientos auténticamente ciudadanos que trascienden su espacio y el tiempo y que hoy más que nunca son dignos de análisis y estudio, incluso de glorificación, pues fue ejemplo de persistencia, de valentía y de convicción.
La democracia en este país se construyó precisamente con esas historias “locales”, que, sumadas una a una, hicieron posible llegar hasta donde estamos.
Y son precisamente esas historias las que debemos honrar y replicar si, de veras, queremos consolidar nuestra democracia.
La viuda de don Salvador Nava vive actualmente y sobrepasa, silenciosa pero con gran lucidez, los 100 años de edad.
Doña Conchita Calvillo da testimonio fiel, en su corazón, de que ¡Nava vive, la lucha sigue!
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