En esta serie de 21 entregas, hemos desdoblado el deber ser de la campaña en general, el candidato, su equipo, el estratega, la estrategia y los estudios de opinión cuantitativos y cualitativos, lo que nos permite acercarnos a la competencia como tal.
He de referirme a dicho concepto en dos sentidos: la contienda estrictamente y quienes compiten en ella.
De la primera puedo decir que debemos delimitarla en cuanto a tiempo, espacio y alcance para entenderla como un todo, planificar y actuar en cada una de sus etapas y vertientes, ya sea precampaña, Intercampaña o campaña, aunque, estratégicamente, todo es campaña todo el tiempo, solo que habremos de atenernos a las disposiciones y restricciones que la ley electoral nos marca, aunque esto de ninguna manera es motivo para bajar los brazos y limitar la actividad creativa.
En alguna ocasión, participé en un cuarto de guerra donde estaban más preocupados por señalar las infracciones del contrincante que en plantear ideas para acercarse al electorado en el momento indicado. El resultado es predecible, la derrota por inacción y falta de vocación.
En cuanto a la competencia que representan los contrarios, es menester definir y asumir qué posición jugamos frente a ellos, qué nos diferencia, cuáles son nuestras ventajas competitivas y cuáles las suyas, para neutralizarlas y reposicionarnos frente a ellas.
Si bien, la competencia no debe robarnos el sueño ni ser nuestro principal objetivo, debemos observar todos sus pasos por el espejo retrovisor, capitalizar sus errores e inducirle a cometer muchos más, acorralarla y ponerla contra las cuerdas como recomiendan Al Ries y Jack Trout en su ya clásico “Posicionamiento”.
Y una vez que la dejamos atrás, tenerla presente y actuar con cautela pero sin detenernos y mucho menos regresarnos, lo cual nos distraería de nuestro verdadero objetivo que es la victoria. Los he visto retornarse cuando están a un paso de la meta a responder ataques y provocaciones, dejando que el rival se acerque a gran velocidad y los haga pedazos. Más de alguna o alguno se han convertido en estatuas de sal por ese tipo de distracciones imperdonables en las sagradas escrituras de la competencia electoral.
Para llevar
No conozco bien la estrategia de Biden, aunque percibo que se basó en demostrar más vitalidad física, frescura discursiva y moderación frente al discurso de odio y división de su derrotado competidor que se montó en el mismo macho antisistémico, irreverente, extravagante y populista que esta vez, afortunadamente, para el mundo y la democracia moderna no le funcionó.
Sospecho que fueron más los errores de Trump que los aciertos de Biden y el hartazgo contra la improvisación y el desprecio por las instituciones con los que el presidente saliente cabó su propia tumba.
López Obrador y su horda de resentidos ya estarían poniendo sus barbas a remojar y corrigiendo el rumbo para bien propio y de México.
La oposición, por su parte, debe aprovechar esos vientos de libertad que hoy soplan del norte para dar inicio al fin de la fallida cuarta masturbación, o como le llamen.