Que nadie se llame a sorpresa. La urdimbre que precede a la trama que se teje desde Palacio Nacional es y ha sido bastante clara, no de hoy sino desde la génesis misma de la dictadura en ciernes. “Al diablo las instituciones”, dijo el que hoy detenta el poder absoluto y supremo, apenas acotado por lo que queda de ellas antes de ser devastadas por él y su camarilla, quienes se disponen ahora a borrarlas a todas de un plumazo.
Ya han ido diezmando a la Suprema Corte, cuyo presidente se muestra lisonjero y condescendiente con su contraparte, al que debería de mantener a raya en materia de control constitucional.
Se robaron a mordidas y patadas en el Senado, la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Recordemos al senador de ilustre apellido rodando por los suelos, víctima de la fuerza y la violencia de sus colegas del oficialismo, que lo superaron con mucho en masa corporal, coraje y barrio.
Después se fueron sobre los fideicomisos, a los que han ido desfondando uno a uno para quedarse con sus recursos y usarlos donde más les convenga electoralmente.
De ahí pasaron a los órganos reguladores para que no puedan regular nada y sea la santa voluntad de esta chusma la que rija lo que haya que regir en la materia que sea y en el ámbito que a su precario entender convenga.
Ya arrasaron con el sector salud, la educación, el federalismo y la autonomía municipal; con la confianza de los inversionistas y con la capacidad productiva, el campo, la investigación, la ciencia, la tecnología, las energías y el medio ambiente.
Extasiados de poder y sedientos de venganza se lanzan ahora contra el INE, el organismo autónomo que posibilitó su llegada, doce años después de haberlo intentado por primera vez, aunque sin éxito. Un fracaso atribuible solo al peligro que representaba y del que ahora no queda la menor duda ante su manera de ejercer el poder.
La dictadura no acepta interlocución ni reconoce interlocutores. Carece de voluntad y empatía. No respeta las reglas de la democracia y se erige por encima de todos sin dar tregua ni espacio al diálogo.
La dictadura no precisa de consensos ni disensos; se alimenta del odio y el resentimiento de las masas a las que manipula para sus fines a cambio de dádivas y promesas que jamás se cumplen.
La dictadura no negocia, ni acuerda, ni da explicaciones. Arrasa, aplasta, asusta.
La dictadura no sabe de formas. Se burla y descalifica parejo, persigue, divide. No otorga concesiones ni se anda con medias tintas. “O estás conmigo o estás contra mí”.
La dictadura se inventa complots y conspiraciones siniestras, para acobardar, y lo consigue, a quienes pretenden alzarse en su contra aun con las ideas.
La dictadura sólo se combate con la unidad de propósito, con objetivos claros y firmes y con la concurrencia valiente e irreductible de las mayorías.
No basta asumirse en la oposición o la inconformidad, sino en la unidad, la responsabilidad y la solidaridad para integrar un solo frente que le hable de tú a tú al tirano y se disponga a derrotarlo en cada trinchera donde la democracia, la libertad y el futuro de este país se hallen en peligro.
La dictadura debe ser entendida como lo que es para ser combatida y vencida.
Solo lo que no se entiende, no se puede combatir.