Hoy hablaremos del contraste en campañas políticas, que no es lo mismo que de lodo, las cuales son de pillos y pícaros sin escrúpulos ni ideas.
La guerra sucia consiste en mentir, inventar, difamar, calumniar, injuriar, discriminar; el contraste, en diferenciar.
Elección es la acción de elegir y solo se materializa cuando hay más de una opción para tal efecto. Ante la necesidad de decidir entre dos o más candidatos, partidos o coaliciones, estos deben contrastarse entre sí para que el elector pondere sus ventajas y desventajas.
Igual que las marcas comerciales, las ofertas políticas deben contrastar sus atributos contra los de sus competidores. Promover su honestidad, experiencia, capacidad, representatividad y popularidad, es decir, sus ventajas competitivas.
Es normal, justo y necesario que cuando el contrincante carezca de una de estas ventajas se le haga saber al elector. “Yo soy honesto; él no”. “Yo sí tengo experiencia”, implícitamente, el otro no.
Lo cierto es que el contraste no suele ser tácito y elegante, sino directo y aniquilador. Siempre he dicho que en política al ladrón se le debe llamar por su nombre, sin eufemismos, pues no solo es una cuestión competitiva sino una obligación moral combatir el mal y evitar el dolor y el daño futuro.
Al mentiroso, al corrupto y al sinvergüenza hay que señalarlos sin miramientos. Eso es contraste.
El problema es cuando se inventan e imputan supuestos delitos o se levanta falso testimonio sobre el opositor; eso pertenece a la canalla y nada tiene que ver con política en estricto sentido, aun cuando sobran seudo estrategas que se jactan de ser especialistas en “rumorología”, guerra sucia y otras vergüenzas.
En lo personal, creo y apuesto siempre al contraste y, solo si es necesario; normalmente, desde la oposición, pues de lo que se trata es de señalar las fallas de quien detenta el poder para reemplazarlo y cambiar el estado de cosas.
También desde el poder, se suelen emprender campañas deplorables que buscan acabar no solo con el oponente durante la contienda sino con su honor para siempre y a veces lo logran. Ante esto, sugiero la contención y el contraataque; tomar la iniciativa, pues el que pega primero, dicen que pega dos veces.
Y ante el embate reiterado y siniestro, recomiendo una sopa del mismo chocolate, bajo la máxima de que el se lleva, se aguanta.
Lo malo es que se termina jugando en el mismo lodazal y desanimando al electorado, cosa que normalmente conviene al instigador.
La gente, por lo general, repudia estas tácticas, sin embargo, suele ceder al engaño ante su uso reiterado. “Calumnia que algo queda”.
El empleo de este tipo de recursos tiene un objetivo más allá del elector: desmoralizar, entretener y hacerle perder los estribos al oponente para que se equivoque.
Lo primero ante este tipo de argucias sigue siendo, al más puro estilo Kalimán, “serenidad y paciencia”, control de daños y un contraataque ejemplar, para que ni siquiera se les ocurra volverlo a intentar. Aunque lo mejor es anticiparnos al atacante.
Los memes, el humor y la crítica justa son buenas herramientas de contención y contraste; la mejor es la ley del judo, hacerlos que se traguen su propio veneno.
En estas elecciones veremos mucho de todo.