Contingencia es la posibilidad de que algo suceda o no; un imprevisto, una sorpresa que genera incertidumbre, angustia, inquietud y zozobra.
Ante la contingencia, lo planeado pierde sentido y visibilidad para seguir con el pie en el acelerador, sin saber tampoco cuándo frenar. El rumbo es tambaleante, invaden la desesperación y el pánico.
Si sumamos la falta de previsión, esto se convierte en un verdadero problema.
La carencia de guía y coordinación hacen que unos remen hacia adelante y otros hacia atrás, para terminar dando vueltas, sin avanzar, nauseabundos y decididos a agarrarse a remazos.
Esta es la película que vemos todos los días desde casa, una que le imprime aún más terror a nuestra ya de por sí terrorífica situación.
Un presidente que sale diario a bravuconear; sus empleados que solo le dicen “sí, señor” mientras exhiben sus cifras maquilladas; gobernadores que tratan de llenar el vacío dando palos de ciego, otros llevando agua a su molino, algunos más con la cabeza en la tierra y, los peores, diciendo cuanta idiotez se les ocurre para matar el tiempo.
Luego están los alcaldes y las alcaldesas, que no hallan qué hacer, ayudar a reducir los riesgos sanitarios, apoyar la economía local con sus diezmados presupuestos, repartir despensas, lanzar campañas y programas en línea o disfrazarse de Susana Distancia, perdiendo de plano Susano juicio.
Vemos también a los empresarios, chicos, grandes y medianos, por un lado, clamando por apoyos fiscales y, por otro, tratando de evitar su propio colapso y el de los millones de familias que dependen de ellos; las fundaciones que apoyan a quienes no tienen para comer hoy y que no reciben ni un peso de esos que alardea el “Gobierno de México” y que salen de la bolsa de todos.
Y, por último, esos miserables que lucran con el dolor de los demás y que, sin rubor, andan por las calles regalando basura a la que todavía se atreven a ponerle su “marca” para que les agradezcan el apoyo, así sea un putrefacto gel de dudosa procedencia, adquirido con el dinero que se agencia esta fauna de diputadillos, regidores, líderes charros y engendros de todo tipo, que en vez de retacarse en su casa, salen muy ufanos a tomarse la foto, como si ellos mismos no fueran una potencial fuente de contagio.
Y ya ni hablar de Salinas Pliego y su lacayo Javier Alatorre, que disponen de nuestros bienes para causarnos males, incurriendo en actos que bien podrían considerarse criminales.
Otro gallo cantaría, si una mañana el presidente se despertara con diferente actitud y nos convocara a superar juntos la crisis, asegurando primero la salud de todas y todos, garantizando la alimentación de cada uno, distribuyendo tareas entre los tres poderes, en sus tres niveles; lanzando un plan de ahorro y de recuperación económica; firmando un pacto con los sectores productivo y social, haciendo alianzas internacionales con quien se tengan que hacer, y así, entre todos, vencer el mal que a todos nos afecta.
¿Es mucho pedir o acaso la contingencia es también de ideas.
ceo@mkf.mx