“La historia demuestra que las campañas basadas en el miedo y la fabricación de enemigos encuentran mayor eco cuando apelan a la desinformación, los prejuicios y las emociones, antes que a los hechos.” Hay palabras que no describen una realidad: la construyen. Cuando el vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance, acusa a los demócratas de “inundar” su país con “inmigrantes tercermundistas mal pagados”, no improvisa una ocurrencia. Recurre al lenguaje de una corriente ideológica que convierte al migrante en amenaza para justificar políticas de exclusión.
Vance es uno de los principales ideólogos del nuevo nacionalismo estadounidense. Paradójicamente, nació en un entorno de pobreza en Ohio y relató ese origen en Hillbilly Elegy, donde fue presentado como ejemplo de movilidad social. Sin embargo, terminó abrazando el trumpismo más radical, sustituyendo las causas estructurales de la desigualdad por un culpable políticamente rentable: el extranjero.
No es casual que utilice el término “tercermundistas”. La expresión arrastra una carga colonial que pretende asociar a millones de personas con atraso e inferioridad. Tampoco es casual hablar de trabajadores “mal pagados”: busca convencer al estadounidense de que su enemigo no es un modelo económico que precariza el empleo, sino quien acepta un salario para sobrevivir.
La contradicción es evidente. La economía estadounidense depende de millones de migrantes en el campo, la construcción, los servicios, el transporte, la industria y el cuidado de personas. Pagan impuestos, crean empresas, consumen y sostienen sectores enteros de la economía.
Resulta más cómodo culpar al migrante que cuestionar un sistema que concentra riqueza mientras debilita los derechos laborales. Esa ha sido una constante del populismo de derecha: sustituir el conflicto entre capital y trabajo por el enfrentamiento entre nacionales y extranjeros.
Estados Unidos no fue construido a pesar de los migrantes, sino gracias a ellos. Por eso, cuando Vance habla de “tercermundistas mal pagados”, no describe a quienes cruzan una frontera: fabrica un enemigo. Su verdadera apuesta es convertir el trumpismo en una doctrina capaz de sobrevivir a Donald Trump. Para la comunidad migrante y para quienes defienden una democracia plural, impedir esa continuidad representa mucho más que una disputa electoral. Significa frenar la normalización de la xenofobia, el racismo y el odio como instrumentos de gobierno. Porque ninguna nación se hace grande persiguiendo a quienes, con su trabajo cotidiano, ayudan a construirla, y en eso los mexicanos tenemos mucho que decir y aportar.