Hay palabras que envejecen, se pierden, se olvidan, se corrompen. Sin embargo, las palabras nos permiten nombrar y analizar la realidad, y, si las perdemos, tal vez esa realidad se vuelva inaccesible.
Esto ha sucedido con la palabra “virtud” que significa brillantez, energía y destreza, pero se ha convertido en un término moralizante y con olor a sacristía.
Desde la antigua Grecia la virtud ha sido el hábito de excelencia que podía alcanzar un atleta mediante el entrenamiento, un artista con el ejercicio de su arte, o un hombre justo mediante el despliegue de su inteligencia moral.
Aún conserva parte de su antiguo prestigio cuando hablamos de un “virtuoso del violín”. Además, la democracia sólo funciona si se funda en la virtud ciudadana.
Hemos sustituido la enseñanza de la virtud por la educación en valores, pero son cosas distintas.
Los valores son conceptos, los pensamos. En cambio, las virtudes son hábitos para actuar bien.
Ya Platón distinguía entre las virtudes del conocimiento: pensar bien, crear, argumentar y las virtudes de la acción: que nos guían hacia un comportamiento excelente.
El conjunto de las virtudes constituye el carácter de una persona, personalidad aprendida, el compendio de recursos intelectuales, emocionales y operativos que una persona atesora.
Como sabemos, la educación tiene dos pilares: la instrucción y la formación: por un lado, el conjunto de conocimientos y capacidades y por otro la adquisición de recursos intelectuales, emocionales, operativos y éticos necesarios para vivir y bien convivir.
Educar el carácter es un objetivo pedagógico prioritario, con una visión organizada de lo que es una persona.
En México, que nos habíamos negado a impartir educación cívica y moral en las aulas, hemos regresado a la “educación en valores”, pero aún nos falta profundizar, desde la familia y luego en las aulas en la formación del carácter a través de las virtudes humanas.
La democracia funciona mejor por el conjunto de virtudes cívicas.
Habrá pues que educarnos y educar a nuestros hijos en las virtudes de: sabiduría, valentía, compasión, templanza, justicia y la búsqueda de sentido o de transcendencia.
Para Aristóteles el dominio de si tiene dos virtudes: La templanza en el uso de los bienes y la fortaleza ante los males.
El Hombre (dice Aristóteles) debe ser formado desde pequeño en la templanza y en la fortaleza, ambas virtudes le ayudan a dominarse:
la templanza a dominar sus deseos y la fortaleza a dominar sus miedos, de modo que no sea un cobarde, que sepa dominar sus deseos de bienes y que no se deje dominar por el temor de los males; así se hace un ciudadano virtuoso.
La educación sigue siendo nuestra gran tarea de cara al futuro.
luisrey1@prodigy.net.mx