La más reciente decisión del Banco de México generó mucha polémica. No recuerdo otra decisión reciente tan controvertida. Varios analistas pusieron el grito en el cielo por la reducción de un cuarto de punto porcentual en la tasa de interés y acusaron que el Banco Central estaba perdiendo credibilidad. No faltó el exagerado que dijo que el Banco había dejado de ser autónomo y que respondía a los intereses e instrucciones del Ejecutivo.
Evidentemente, se trató de una decisión muy compleja. Tanto así, que la votación de la Junta de Gobierno fue dividida: 3 votos por bajar la tasa y 2 por mantenerla constante. Argumentos en favor de una u otra decisión los había. Ya los conoceremos en mayor detalle cuando se publique la minuta de esta decisión. Aclaro, de entrada, que yo me hubiera inclinado por mantener la tasa. Sin embargo, me parece de lo más injusto poner en duda la autonomía de la institución simplemente porque se tomó una decisión que no coincide con lo que algunos otros hubieran elegido. Estas posturas olvidan la complejidad de la decisión y que esta forma parte de todo un ciclo de decisiones.
Creo, sin embargo, que hay algo de fondo (y un poco de razón) en la molestia de algunos analistas. El problema reside, creo, en la estrategia de comunicación del Banco de México. La institución carece, por diseño, de un vocero profesional. A diferencia de la Reserva Federal, que ofrece una conferencia de prensa inmediatamente después de la decisión de política, aquí eso no ocurre. Si acaso, la Gobernadora ofrece unas cuantas entrevistas a algunos medios de comunicación en un intercambio que se caracteriza por su falta de espontaneidad y por no hacerse con el rigor periodístico que amerita la situación.
Lo anterior implica que las decisiones monetarias no siempre se explican con suficiente detalle y que no se transmiten con claridad los argumentos que prevalecen en la toma de decisiones. Los analistas entonces dependen de tres factores para prever cuál podría ser la próxima decisión del Banco: la guía prospectiva que se incluye en los comunicados de la decisión de política monetaria, las declaraciones que hacen los miembros de la Junta en sus intervenciones públicas y la propia interpretación que cada uno haga de los datos económicos recientes.
Los analistas no sorprendidos fueron en general aquellos que le dieron más peso a la guía prospectiva del Banco Central. Algunos incluso llegaron a decir que la decisión estaba cantada desde el mes previo. Por otro lado, los analistas sorprendidos son aquellos que confiaron en que la decisión dependía de los datos y de la nueva información disponible. Claramente esto no fue así, ya que el contexto económico (nacional e internacional) estaba más deteriorado en marzo que en febrero, cuando la Junta decidió pausar en forma unánime. Esta aparente incongruencia está en el fondo de la molestia con el Banco de México. Por ello, considero que la institución podría beneficiarse de mejoras en su estrategia comunicativa. De otra manera, no faltarán aquellos que sigan insistiendo en el despropósito de la pérdida de autonomía del Banco Central.