Sin duda todas las personas sufren. Algunas soportan el sufrimiento más estoicamente o con más sentido del humor que otras, o lo manifiestan de diferente manera.
Unas sufren en silencio; otras protestan en voz alta. Unas rezan buscando alivio; otras se vuelven cínicas.
Unas culpan al prójimo; otras se culpan a sí mismas. Unas buscan escapar del sufrimiento; otras sufren por los intentos de escapar.
Sufrir parece ser parte de la condición humana y es una experiencia generalizada, cuando sufrimos una pérdida, cuando sufrimos una enfermedad, cuando sufrimos por frio, por calor, o por la carencia de ambos, cuando sufrimos por hambre o por falta de sueño o incluso cuando sufrimos por el hecho de experimentar soledad o incomprensión, en todo aquello que sufrimos está implicada nuestra expectativa de lo contrario, es decir que en el fondo de nuestra experiencia el sufrimiento es lo contrario a lo que esperábamos vivir y esa contrariedad nos hace sufrir.
Posiblemente los que son capaces de sufrir menos son los que tienen menos expectativas y viven más el presente (que es lo único que realmente existe) aquí y ahora, no aquellos que añoran el pasado y esperan un futuro sin dolor ni sufrimiento; ya que una de las causas de contrariedad y sufrimiento son las expectativas no cumplidas.
Más aún, existen personas que sufren por adelantado, que profetizan los males y tan solo pensarlos les hace sufrir lo que aún no es realidad.
Es interesante oír a un par de personas contar sus males físicos, como si estuvieran en una carrera para ver quien sufre más enfermedades o dolores físicos o emocionales, se arrebatan la palabra para exhibir sus enfermedades y achaques que siempre serán más grandes, o más dolorosos que los de los demás.
El dolor y sufrimientos deberían ser oportunidades para ampliar nuestra consciencia, de vivir más apegados al presente, y menos al pasado o al futuro, de ser mejores observadores de nuestra propia vida y buscar “des identificarnos”.
Cuando uno se aflige, intenta cambiar la realidad para ajustarla a su programación, pues cree que ésa será la solución a su problema; pero como no lo consigue, su frustración viene a sumarse a su aflicción y el sufrimiento se acentúa.
Podemos aprender, pues, a enfrentar las contrariedades de la vida y sufrir menos si estamos atentos y presentes en el aquí y ahora, tomar la realidad tal y como se presenta y hacer lo posible por hacer lo que nos toca…
Recuerdo el mensaje de mi abuelo cuando me pedían hacer algo que no quería pero que debía hacer, simplemente me empujaba y me decía, “Órale… Sin llorar”.