Especulo en clave de realpolitik en torno al golpe de Donald Trump a Nicolás Maduro. Yo creo que es producto de un plan de Marco Rubio, canciller y asesor de seguridad nacional del presidente de Estados Unidos, que constituye una carambola de tres bandas. Rubio habría propuesto decapitar al chavismo madurista para cortar el flujo de petróleo y dinero a Cuba —objetivo que, por su ascendencia cubana, le resultaría el más caro—, quitar a Rusia e Irán una base de operaciones en la región y apuntalar el petrodólar en detrimento del yuan chino; Trump lo habría avalado, azuzado por Stephen Miller, a fin de reforzar su imagen de madman, amedrentar a otros países —Dinamarca, por ejemplo, para que le venda Groenlandia—, impulsar la doctrina “Donroe”, hacer negocios petroleros y distraer la atención de la opinión pública estadunidense del caso Epstein. La visión geoestratégica del colaborador habría embonado con el instinto táctico del jefe.
Si estoy en lo correcto, Marco Rubio sí quiere un cambio de régimen, pero no en Venezuela sino en Cuba. Su cálculo de que un gobierno opositor venezolano sería incapaz de controlar las fuerzas armadas y el corrupto entramado de poder lo habría llevado a relegar la transición democrática a un futuro incierto. Es decir, Delcy Rodríguez subordinaría el madurismo sin Maduro a Washington merced al cerco marítimo y a la amenaza de un segundo manotazo, y la anunciada venta del emproblemado crudo “para beneficio de la población” tendría el propósito de elevar su nivel de vida y construir respaldo popular al liderazgo de Estados Unidos. Con todo, se trata de una apuesta riesgosa en términos de gobernabilidad. Si bien es evidente que la corrupción del oficialismo ha rebasado su ideologización, no será fácil que la base social de las comunas acepte sin chistar semejante viraje. Las fracturas cupulares y las inevitables jactancias de Donald Trump de que es él quien gobierna Venezuela serán municiones para el núcleo duro del chavismo, que usará la inercia del adoctrinamiento contra al imperialismo yanqui y su choque con la realidad de una suerte de protectorado estadunidense.
En todo caso, espero que la 4T haya tomado nota de las repercusiones que tendrá en México el plan que, en mi lectura, ha puesto en marcha Estados Unidos. Si la idea de los vecinos es frenar el suministro petrolero y la entrega de divisas al gobierno cubano, es obvio que de este lado de la frontera se recibirán presiones para minimizarlos. De poco servirá argumentar que ese apoyo viene de lejos —Presidencias priistas y panistas incluidas— porque Trump no estaba entonces en la ecuación. Tener médicos o asesores y sobre todo proveer petróleo a Cuba tendrá un alto costo político y económico en una renegociación del T-MEC que tiene que afrontarse con una estrategia perspicaz, no con dogmatismo retórico.
Hasta aquí la realpolitik. Concluyo con un apunte sobre la torcida escala axiológica del ultraizquierdismo, que pone la ideología por encima de la ética. Quien solapa la corrupción, la narcopolítica, el fraude electoral, la represión y la tortura de un régimen en aras de la solidaridad con la izquierda pierde toda autoridad moral. La soberanía se defiende con candiles en la calle y en la casa, no con oscuridades procaces dentro y fuera.