Los nombres propios en el texto que sigue no podían ser más disímiles o distantes respecto a lo que nombran: Claribel es una muchacha, Aldebarán es una estrella; Peñíscola y Málibu son dos ciudades costeras en Valencia y California. Pero algo las une en mi hábito lector: corresponden a cuatro poemas donde ellas van apareciendo de modo reiterativo, en un ritmo envolvente, hasta dar la sensación de que al cabo lo único que “ocurrió” en el poema fue esa palabra; como un hechizo. Hice un texto con ellas: “Séquitos”. Lo precede un epígrafe: “Claribel. F. Tamayo / Aldebarán. Unamuno / Peñíscola. Pellicer / Málibu. Cernuda”. Va.
“Claribel, Aldebarán, Peñíscola, Málibu:/ En ese orden hacen que pise el pie/ Luz niña, barro y sol, mar en piedra, arc-en-ciel.
“Aldebarán, Peñíscola, Málibu, Claribel:/ Dispuestas así, al ojo le dan/ Ocre-pinto, piedra-plata, pez azul, piel lunar.
“Peñíscola, Málibu, Claribel, Aldebarán:/ Dispuestas así, resuenan a risco/ Pateado por cabra; a ola, timbre y arenisca.
“Málibu, Claribel, Aldebarán, Peñíscola:/ Dispuestas así, el tacto tienta azul,/Tienta blanco, tienta pardo, tienta en í una fría luz.
“Seguida Aldebarán por Claribel/ Ésta en silábico enroque la baila:/ O bien la clari-aldeba, o bien la barán-bel.
“Y Aldebarán al ir tras Peñíscola/ Le titula un terrón de tierra tibia/ Para sus rígidos, frígidos
riscos.
“Peñíscola, al ir tras Málibu/ Busca que acopien sus piedras ariscas/ Regusto de gruta, un rumor azul.
“Y Málibu en pos de Aldebarán/ Busca hacerse, de luz, dos almenas/ Que por el mar estaban y hoy no están.
“Tras Claribel, Málibu se resiste/ A rendir su cambujo nombre-conjuro/ Por más que es Claribel encanto puro.
“Claribel no quiere ir tras Peñíscola:/ Teme que sus tres muy tiernas sílabas/ Raspadas queden en las piedras ríspidas.
“Al ir tras Málibu intenta Aldebarán/ Hurgar en la u algún aliento marino,/ Saldar su serio faltante de sal.
“En vista de recientes resultados,/ No hará Peñíscola por ir tras Claribel;/ Quedan, así, los séquitos cerrados”.