Política

La inteligencia artificial no puede decidir por nosotros

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La decisión de usar o no la IA depende de la ética y conciencia política de cada quien. Pero a decir de la ANUIES; por lo menos en la educación, 66 % del estudiantado y 60 % del personal docente emplean IAG al menos una vez por semana.

Sin embargo, aún y con las posibilidades que mencionamos; no puede sentarse frente a alguien y percibir el momento en que su voz cambia de tono. Tampoco puede caminar un territorio, construir confianza con una comunidad ni comprender por sí misma aquello que las personas deciden callar. Su cuerpo no interviene en actividades artísticas.

Por otro lado, la inteligencia artificial puede acompañar una investigación, pero no hace trabajo de campo. Sintetiza ideas para un discurso; pero su pronunciación es automatizada. Ayuda a la visualización de grandes volúmenes de datos; pero no incorpora reflexiones profundas y ampliadas para cambiar estructuras (parafraseando a Juan Villoro en No Soy Robot, ninguna IA se rebelará en forma de arte subversivo, como sí ha pasado con los grandes artistas que han cambiado el rumbo de la humanidad).

Esta distinción contiene una discusión: ¿qué entendemos por conocer? Si obtener información, procesar grandes cantidades de datos y producir textos convincentes son suficientes, entonces quizá las máquinas ya puedan realizar una parte considerable del trabajo académico.

Pero si conocer también implica encontrarse con otros, involucrar afectos, reconocer relaciones de poder, experienciar contradicciones y comprender contextos, entonces sus límites resultan más evidentes.

El propio Yuk Hui ya cuestionaba la pretendida universalidad de la tecnología y propone reconocer múltiples cosmotécnicas y sistemas de conocimiento. Toda vez que la IA tal como la concebimos y usamos, privilegia sólo una forma de entender. Que es, en palabras de Hui, la techne dominante. Y en sí misma, excluye otras formas de inteligencia.

Por esta razón, cuando interactuamos con estas tecnologías no hablamos solamente con máquinas. También lo hacemos con estructuras socioculturales, económicas y políticas. Quizás por ello, especialistas como Ernesto Priani, les denominan tecnologías epistémicas.

Porque detrás de una respuesta aparecen los datos con los que fue entrenado un modelo, las empresas que diseñaron su funcionamiento, los criterios empleados para moderar sus contenidos y las desigualdades que determinan qué conocimientos tienen mayor presencia digital. Lo que una inteligencia artificial responde importa, pero también aquello que no puede responder, las voces que apenas aparecen y los contextos que convierte en generalizaciones.

Y sobre todo: las decisiones que se toman a partir de ello. Sí: políticas públicas, protocolos educativos, selección de personal, notas periodísticas, etc.

Contrario a la utopía imaginada por Tomás Moro, bajo la lógica productivista el tiempo liberado suele ocuparse con nuevas tareas, más informes, más textos y mayores exigencias. De esta manera, una tecnología que podría ayudarnos a disminuir ciertas cargas termina acelerando nuevamente el trabajo académico.

La paradoja ya comienza a documentarse. En una consulta realizada por Anthropic a 81 mil personas usuarias de Claude, el ahorro de tiempo apareció como el beneficio más mencionado. Sin embargo, 19 % también manifestó preocupación por terminar perdiéndolo debido a la necesidad de verificar las respuestas o, sencillamente, porque la incorporación de estas herramientas incrementa las expectativas y el volumen de trabajo.

Por ello, también es importante preguntarnos por qué queremos usarla, para qué y bajo qué condiciones. Así como las relaciones que deseamos establecer con la máquina para desarrollar una ética. E incluso diríamos: una ética política (al saber todos los intereses que le rodean).

Paradójicamente, la inteligencia artificial no siempre será la respuesta.

Esta inquietud atraviesa mi libro Inteligencia artificial: hacia una praxis reflexiva, ética e interdisciplinaria (editado por el CEIICH, UNAM). El proyecto comenzó como una guía breve para el uso de herramientas en la investigación, pero fue transformándose conforme aparecieron nuevas preguntas.

¿Cómo utilizar la IA sin sustituir la lectura, el análisis ni el trabajo de campo? ¿De qué manera podemos transparentar su participación? ¿Es posible apropiarnos de tecnologías comerciales para atender necesidades sociales que sus empresas desarrolladoras no contemplaron?

De este recorrido surgió una propuesta de apropiación disruptiva. Es decir, utilizar las tecnologías de manera situada, crítica y, cuando sea posible, con fines distintos a los previstos por el mercado. Esto implica reconocer sus posibilidades sin olvidar las estructuras en las que fueron creadas. También supone conservar nuestra capacidad para decidir cuándo utilizarlas y de qué manera establecer límites.

Porque una apropiación crítica no se mide por la cantidad de herramientas que dominamos ni por la complejidad de nuestros prompts. Se expresa en la capacidad para mantener la autonomía frente a ellas. En la habilidad para cuestionar los intereses detrás de la máquina y las estructuras sociales subyacentes. Automatizar una tarea no equivale a delegar el criterio. Encontrar información no significa comprenderla. Producir un texto no es lo mismo que construir conocimiento.

Por ello, la discusión nos invita a decidir qué procesos pueden ser mediados tecnológicamente y qué dimensiones del conocimiento no estamos dispuestos a abandonar. Así como, en qué partes de esta historia maquínica, elegiremos desertar.

La responsabilidad metodológica, ética y política no puede automatizarse. Una sociedad no cabe completamente en una base de datos. Comprenderla exige algo más que procesar información: requiere estar ahí.

En tiempos de automatización acelerada, pensar colectivamente quizá siga siendo nuestra tecnología más radical.

El libro Inteligencia artificial: hacia una praxis reflexiva, ética e interdisciplinaria será presentado en la FILUNI el 26 de agosto, junto con el doctor Mauricio Sánchez Menchero, director del CEIICH, y la maestra Elizabeth Sánchez, directora de Investigación de la Escuela Nacional de Trabajo Social de la UNAM. Todas y todos están invitados.


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Luis Josué Lugo
  • Luis Josué Lugo
  • Laboratorio de IA, Sociedad e Interdisciplina (CEIICH, UNAM).
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