Política

Aquello que la IA todavía no puede capturar

Hace unos días participé en el Festival Aleph con una breve reflexión sobre lo inhumano en tiempos de inteligencia artificial. Algo que me dejó pensando fueron varias conversaciones posteriores con estudiantes y jóvenes asistentes. Entre preguntas sobre automatización, guerra, ansiedad tecnológica y futuro laboral, apareció una inquietud compartida: ¿qué cosas siguen siendo irreductibles frente a la lógica del cálculo y la aceleración permanente?

Vivimos en una época obsesionada con optimizar el tiempo. Escuchamos podcasts al doble de velocidad, resumimos libros con aplicaciones, respondemos mensajes mientras caminamos y producimos bajo la sensación permanente de que siempre vamos tarde.

En universidades, oficinas y plataformas digitales aparece una nueva ansiedad: la necesidad de mantenerse actualizado frente a tecnologías que prometen hacerlo todo más rápido. La inteligencia artificial generativa se inserta precisamente ahí, en una cultura de aceleración donde pensar pareciera convertirse también en un proceso susceptible de automatización.

Reducir la discusión a “estar a favor o en contra” de la inteligencia artificial simplifica demasiado el mapa. Detrás de estas tecnologías existen infraestructuras económicas, energéticas y políticas que reorganizan la vida cotidiana bajo lógicas de rendimiento permanente. Desde el capitalismo de vigilancia hasta las nuevas formas de capitalismo cognitivo, la aceleración también captura atención, creatividad, lenguaje, vínculos y producción de conocimiento.

En distintos espacios resulta cada vez más común escuchar frases como “hay que producir más rápido”, “optimizar tiempos”, “automatizar procesos”. La promesa parece seductora: liberar tiempo mediante sistemas capaces de redactar, sintetizar o clasificar información en segundos. Pero la paradoja es evidente: mientras más tecnologías aparecen para ahorrar tiempo, más agotamiento y escasez temporal experimentamos.

Quizás porque no todo puede ni debe ser optimizado.

Hay dimensiones de la experiencia humana cuya densidad depende justamente de la pausa, la escucha, el conflicto, la memoria y la elaboración colectiva. Pensar críticamente requiere tiempo. Escuchar verdaderamente a otra persona también. Construir comunidad, elaborar un duelo, enamorarse, tocar música con amigos, jugar una cáscara en el barrio o acompañar una búsqueda colectiva no ocurren bajo la lógica de la eficiencia algorítmica.

Por eso resulta importante preguntarnos qué permanece todavía fuera de la captura total del cálculo.

No hablo de una defensa ingenua de “lo humano” frente a “la máquina”. Tampoco de una nostalgia tecnófoba. Las tecnologías forman parte de nuestra historia y continuarán transformando profundamente la vida social. Pero existe una diferencia entre incorporar herramientas y aceptar que toda experiencia deba reorganizarse exclusivamente bajo criterios de productividad.

Quizás ahí aparece algo que podríamos llamar lo inmaquinable.

Aquello que todavía desborda la automatización: el deseo, la contradicción, el trabajo vivo, la memoria colectiva, la creación situada y las formas de comunidad que producen sentido más allá de la rentabilidad inmediata.

Pienso en las madres buscadoras del colectivo Luz de Esperanza, que convierten el dolor en acción colectiva; en los murales barriales que narran historias imposibles de traducir únicamente a datos; en el mate compartido en Uruguay, la salsa en Cali o las conversaciones interminables después de un concierto de rock, k-pop o reguetón. Pienso también en los sueños surrealistas de Remedios Varo, en las calles retratadas en Los olvidados o en las memorias que sobreviven incluso en contextos de violencia y desaparición.

Son experiencias atravesadas por contradicciones, afectos y temporalidades que difícilmente pueden comprimirse en un sistema de respuestas inmediatas.

Quizás la discusión importante no consista solamente en preguntarnos qué podrán hacer las máquinas, sino qué formas de vida todavía estamos dispuestos a defender frente a la lógica total de la aceleración.

Porque sí: hay algo profundamente inhumano en muchas de las estructuras contemporáneas que sostienen estas tecnologías. Pero también persisten formas de experiencia, comunidad y deseo que resisten ser completamente automatizadas.

Y quizá ahí, precisamente ahí, continúe habitando una parte fundamental de nuestro horizonte político y colectivo.


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Luis Josué Lugo
  • Luis Josué Lugo
  • Laboratorio de IA, Sociedad e Interdisciplina (CEIICH, UNAM).
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