Termina un Mundial más. Los ganadores no fueron México, Canadá ni Estados Unidos como países organizadores. Tampoco basta con mirar al equipo que levante la copa para saber quién ganó realmente. Los vencedores se encuentran alojados en Zúrich. Desde que conformaron su federación sabían que este modelo tenía futuro, aunque quizá no imaginaron cuánto. La FIFA proyectó obtener cerca de nueve mil millones de dólares durante 2026, principalmente mediante derechos de transmisión, patrocinios, boletos y servicios de hospitalidad. Antes de que rodara el primer balón, el negocio ya había ganado el torneo.
Sin embargo, reducir el Mundial a sus ganancias económicas sería simplificar un fenómeno cultural, social, político y antropológico. Como señalaba César Luis Menotti, el futbol no consiste solamente en once contra once persiguiendo un balón. Detrás existen millones de personas que encuentran durante dos horas emociones, pulsiones, goces, frustraciones y, a veces, posibilidades de proyectarse en otros.
90 minutos (más pausas de hidratación y extendidos tiempos de compensación) para reunirse alrededor de una pelota e imaginar que algo todavía puede suceder.
Ya no se trató solamente del VAR y sus decisiones polémicas, como venía sucediendo desde el Mundial anterior. Hubo balones conectados capaces de registrar cientos de datos por segundo, cámaras colocadas en los árbitros, sistemas semiautomatizados para detectar posiciones adelantadas y herramientas de inteligencia artificial para analizar movimientos y estabilizar imágenes en tiempo real.
Los entrenadores dispusieron de análisis casi inmediatos (asistidos con IA). Las casas de apuestas actualizaron mediante algoritmos sus probabilidades después de cada movimiento. Las plataformas conocieron nuestros horarios, preferencias y reacciones. Nunca habíamos visto un Mundial tan medido, registrado y convertido en datos.
Este Mundial ocurrió, además, dentro de un capitalismo cognitivo que convierte prácticamente todas nuestras actividades en información procesable.
Parecía que finalmente la tecnología cumpliría la vieja promesa del tecnooptimismo: eliminar la incertidumbre y garantizar decisiones objetivas.
No ocurrió.
La condición humana volvió a manifestarse con enojo. Aficiones pelearon por nacionalismos, otras se unieron. Discutimos si algunas selecciones fueron favorecidas, por qué ciertas jugadas recibieron sanciones y otras no, y hasta qué punto una decisión mediada digitalmente seguía dependiendo de una interpretación humana.
La tecnología pudo señalar el lugar exacto donde se encontraba el balón. No pudo decirnos qué era justo.
Ante el polo de lo maquínico y el capitalismo cognitivo apareció entonces lo inmaquinable: aquello que no puede predecirse, programarse ni reducirse completamente a datos.
Lo vimos en las expresiones políticas que atravesaron el torneo pese a las restricciones de la FIFA. En las consignas sobre Palestina y las Malvinas. En los jugadores y aficionados que recordaron que las selecciones no representan únicamente federaciones, sino pueblos, memorias, conflictos e historias que desbordan cualquier reglamento.
Lo vimos en un pueblo palestino que, a pesar del genocidio que continúa padeciendo, pudo celebrar en sus plazas y reconocerse en algunos futbolistas y selecciones. Incluso dentro de un espectáculo diseñado para neutralizar el conflicto, la política volvió a entrar a la cancha.
Pero si hablamos de lo inmaquinable, indudablemente debemos hablar de las madres buscadoras.
Mientras dentro de los estadios los algoritmos calculaban trayectorias, probabilidades y posiciones adelantadas en milisegundos, afuera las madres buscadoras, junto con otros colectivos, organizaron sus propias cascaritas. Con ello recordaron de dónde viene el futbol: del barrio, de la comunidad, del espacio compartido y de la posibilidad de encontrarnos con otras personas.
No jugaron para ganar un campeonato. Jugaron para impedir que el espectáculo también sepultara la memoria.
Sus ausencias siguen doliendo. Siguen pesando. Siguen ocupando un lugar que ningún marcador puede cerrar. Mientras el Mundial avanzaba hacia su último partido, miles de familias continuaron buscando a quienes no regresaron.
El Mundial ya terminó, pero sus desaparecidos siguen sin aparecer.
Ninguna inteligencia artificial puede calcular el vacío que deja una ausencia. Ningún algoritmo puede optimizar el duelo. Ningún sistema predictivo puede sustituir el abrazo entre quienes buscan a un hijo, una hija, un hermano, una madre o un padre.
Ahí se encuentra uno de los límites del capitalismo cognitivo: puede convertir nuestras preferencias, movimientos y emociones en datos, pero no puede otorgar justicia a quienes llevan años buscándola.
México también vivió su propia expresión de lo inmaquinable. Somos un pueblo de fe. Eso no elimina la alegría ni la esperanza que durante algunos días representó una selección mexicana que tenía poco futuro en los análisis previos, pero que logró ilusionarnos con llegar más lejos.
La ilusión quedó solamente en eso.
Faltó un creativo, uno de esos hombres diferentes que se forman en los barrios, pero que muchas veces no tienen acceso al fútbol profesional porque participar resulta demasiado caro y las oportunidades pertenecen a determinadas élites. Talento seguramente existe. Lo hemos visto en las canchas donde muchos crecimos. Lo que escasea son los caminos para que ese talento llegue a desarrollarse.
Después de la resaca mundialista comenzará otro proceso de ilusiones. Volverán las promesas, las reconstrucciones y los discursos sobre el siguiente ciclo. Nos quedamos con ganas de ver a un equipo africano llegar todavía más lejos. Marruecos estuvo cerca de abrir otro resquicio. Pero las hegemonías futbolísticas, como las geopolíticas, suelen recomponerse aun después de sus crisis.
La inteligencia artificial puede optimizar entrenamientos, analizar rivales, asistir árbitros, calcular probabilidades y mover miles de millones de dólares. Lo que todavía no puede fabricar es cultura futbolística. No puede construir barrios, comunidad, identidad, memoria ni sentido de pertenencia.
Tampoco puede organizar a las madres que, frente a la indiferencia institucional, salen a buscar con sus propias manos.
El Mundial terminó.
Vivimos una época obsesionada con convertirlo todo en datos. Este Mundial mostró que todavía existen territorios que se resisten a esa traducción: el duelo, la memoria, la justicia, la comunidad y la esperanza. A ese espacio que ninguna inteligencia artificial consigue procesar por completo quisiera llamarlo lo inmaquinable.
Lo inmaquinable permanece.