Juan sin miedo es uno de los muchos cuentos de los hermanos Guillermo y Jacobo Grimm (1785-1863). Buscar cierto fondo en sus relatos para niños no resulta excesivo, pues los Grimm, entre otras habilidades eran filólogos, investigadores, lexicógrafos, eruditos y estudiosos del folclor, de donde tomaron muchos patrones humanos que la cultura popular identifica y transmite por tradición oral.
Juan nunca había sentido temor, por lo que él mismo se autonombraba: “sin miedo” y en su fantasía, los Grimm lo enfrentan con tres espectros: al primero, que emitía un grito desgarrador, lo disipa tapándole la boca; con el segundo, encadenado a una pesada bola, Juan cortó la cadena y el espanto libre de peso se elevó y despareció; al tercero que se presentó en forma de una momia, lo venció cuando arrancándole las vendas, dejó al descubierto a un pequeño e inerme hechicero. Así, luego y muy al estilo romántico infantil de la época, en su texto los Grimm premian a Juan con una gran fortuna y una bella princesa por esposa.
Como es de suponer los autores no declaran la posible intención de un mensaje implícito, por lo que cada cual puede interpretar libremente el significado de los elementos de la narración.
No dejarse intimidar por las palabras, no arrastrar culpas o lastres que nos impiden avanzar y desenmascarar nuestros miedos quitándoles las vendas como a la momia de Juan, son quizá la enseñanza que ofrece el cuento.
El miedo es una emoción que se genera en el sistema límbico del cerebro, particularmente en la amígdala cerebral. Tiene gran cantidad de conexiones con el encéfalo y muchas aéreas del sistema nervioso, esto explica porqué el miedo puede paralizarnos. Por fortuna también está conectada con el neocortex, que es en donde razonamos.
Al final del cuento, “impensadamente” la princesa lastima a Juan, con lo que se descubre que el único miedo de Juan sin miedo era el temor a verse traicionado. ¿Padecería Juan de filofobia?... o sea: ¿tendría miedo de amar?
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