Desmontar la violencia implica revisar cada aspecto de nuestra cultura (como el lenguaje, las narrativas, los mitos y los roles, por mencionar algunos) que promueva, normalice o legitime las prácticas violentas. Es una tarea sumamente difícil, porque implica procesos para aprender a identificar la violencia, señalarla, denunciarla y establecer otras dinámicas, otros discursos, otras formas de interactuar centradas en el trato digno.
La violencia existe en más lugares de los que sabemos reconocerla, desde lo personal hasta lo masivo, de lo privado a lo público. Se hace presente en nuestros sistemas de creencias, actitudes, ideas, nuestra forma de actuar y en nuestras interacciones con otras personas; incluso puede reflejarse en aquellas interacciones que evitamos, donde excluimos a la gente por aspectos como su identidad, su apariencia o su orientación.
Por ello es importante voltear la mirada a nuestras relaciones interpersonales, porque también se construyen de aspectos culturales. Los seres humanos tenemos estrategias para establecer y mantener nuestros vínculos, dichas estrategias han sido aprendidas de otras relaciones: desde la manera de entablar una conversación, cómo gestionamos un conflicto, cómo tratamos a la gente, cómo expresamos nuestras necesidades, cómo nombramos nuestros sentimientos o cómo reaccionamos con nuestras emociones. Todo ello lo solemos hacer de manera casi automática, muchas veces sin darnos cuenta de lo que motiva nuestro actuar; por ello existe el riesgo de estar reproduciendo algún trasfondo de la violencia que se respira en nuestra cultura.
Hacer de las relaciones una revolución es una invitación para dar cuenta de la necesidad de revisar nuestras interacciones con otras personas y nuestras relaciones, incluso las más efímeras y triviales. Si bien, nuestros vínculos humanos no resuelven un problema estructural y sistémico, sí permite tomar nuestros espacios para observarlos y reaprender a relacionarnos a partir del trato digno.