Retomando el tema de abril como el mes del autismo, es provechoso hablar de una confusión generalizada sobre cómo nombrar, representar e incluso entender el autismo. ¿Es correcto decir “personas con autismo” o “personas autistas”? ¿Hablamos de un trastorno o de una condición? ¿El símbolo es una pieza de rompecabezas o un infinito multicolor?
Para responder a esas preguntas primero es necesario plantearse una postura respecto al autismo y reconocer que tieneuna dimensión política que se hace manifiesta cuando se nombra y cuando se simboliza. No existe una sola lucha por el autismo (o asociada a él) y lo que tiende a verse como una disputa, representa tensiones en su posicionamiento.
Por un lado, están las personas autistas organizadas, que han construido por décadas un movimiento político y de justicia epistémica que reivindica el autismo como una forma válida existencia. Aquí tiene lugar el reconocimiento del autismo como neurodivergencia, no como enfermedad, trastorno o déficit que deba ser “curado” o “corregido”, sino como una forma de diferencia humana. Exigen algo que parecería básico pero que ha sido históricamente negado: el derecho a la voz propia, a la existencia y a la resistencia en comunidad.
Del otro lado, de manera compleja, están diversos actores que no son propiamente autistas: familias y profesionales de la salud y la educación. Estas perspectivas que tienen historia en la construcción de instituciones y hasta organizaciones sociales, entienden el autismo como un trastorno que requiere corregirse. El énfasis suele colocarse en la medicación, la búsqueda de asimilación conductual o la funcionalidad. Estos grupos han sido clave en la visibilización del autismo y en la lucha por el acceso a diagnósticos, servicios y apoyos en el ámbito médico. Sin esa insistencia, muchas personas ni siquiera habrían sido reconocidas dentro de los sistemas institucionales.
Pero esto no es solo una diferencia de enfoques, también está en juego el sentido, la narrativa y la autonomía. Hablar de inclusión, sin cuestionar las condiciones las personas y sin reconocerles como sujetas de derechos, puede ser solo una forma sutil de exigir adaptación.