Según se sabe, hoy sábado 30 de octubre, dentro de las fechas acostumbradas para recordar a quienes ya fallecieron, corresponde rememorar a aquellas(os) cuya vida un tanto solitaria, como su alma.
El ritual anual, que en México mezcla tristeza y festejo, inicia desde el día 27 en que es turno de las mascotas.
El 28, en la cultura nacional, es para tener presentes a aquellos que murieron de manera trágica, en accidentes.
El 29 toca las personas que perecieron ahogadas.
El 31, según creencias religiosas, se invoca a infantes que al nacer no tuvieron oportunidad de nada, ni de ser bautizados, por lo cual sus almas van a dar al limbo (¿dónde queda eso?).
El 1 de noviembre se estableció para los niños que perdieron la vida a los pocos años de andar en este mundo. Y el día 2 atañe al resto de los mortales.
Sea como sea, entre creyentes e incrédulos, ateos o agnósticos, librepensadores o racionalistas, fifís o chairos, la muerte –en México- significa historia, tradición, sincretismo, dolor, gozo, consuelo, lágrimas, leyendas, comida, bebidas, rezos.
Un episodio muy nuestro que atrae a nacionales y extranjeros, que exige un análisis y de comprensión socioantropológico y, sobre todo, de sutileza y profundidad intelectual en la interpretación de sus motivaciones Es un instante de conciencia individual y colectiva, una celebración de tristeza y gratitud, de privilegiar la muerte en vida y la vida en la muerte. Sirve para repensar a nuestros seres queridos, amistades y conocidos entrañables, recordarlos en su permanencia e infinitud entre nosotros.
Creo que son días de agradecimiento, de tiempo y sentimiento, se conjuga la vida con la no vida, minutos de “ver” a quienes dejamos de ver, de platicar con quienes ya no platicamos, de decirles “te amo”, “perdón” o un simple “gracias”.
Esos difuntos reviven y vuelven a nuestro lado porque sí nos hacen falta; de ahí los altares, los rezos, las veladoras, las fotos, sus antojos, sus bebidas.
Lo digo por mis padres Anita e Hiram, mi bisabuela, mis abuelos, mis tías, tíos; por Rosita, Yola, Lucha, Marianita; por mis amigos de infancia y juventud, por mis maestros(as), por mis compañeros universitarios, por mis colegas de la Laguna, y por las y los periodistas asesinados; por los escritores(as), poetas, y artistas cercanos que me habitan con sus obras.
Que este texto sea un sencillo homenaje, también, a las 7 mil 384 personas que en Coahuila, y las 2 mil 944 en todo Durango, que sucumbieron en esta infausta pandemia, según registro oficial en este viernes 29.
Mi afecto sincero a sus familias. “… Todos debemos ser ceniza arrojada al aire / volver cuanto antes al polvo / que en su misericordia nos absuelva y acoja”, dice José Emilio Pacheco.