Se disputó el último partido del Mundial en la sede regiomontana y, apenas dos semanas y media después, pareciera que la fiesta terminó. Cumplimos satisfactoriamente como anfitriones de los cuatro encuentros y recibimos con hospitalidad a cerca de 620 mil visitantes, de los cuales poco más de 100 mil fueron extranjeros. El saldo fue positivo: incidencias mínimas en materia de inseguridad, una importante derrama económica y una convivencia multicultural que dejó postales alentadoras en los espacios destinados al encuentro y la tolerancia.
Pero ahora la pregunta inevitable: ¿En qué momento apagamos el modo party y encendemos el “modo responsable”?
Porque los problemas de abastecimiento de agua, las obras inconclusas de Agua y Drenaje de Monterrey, la construcción del Metro, la infraestructura vial, la crisis eléctrica, el deficiente transporte público y la insuficiencia presupuestal nunca desaparecieron. Simplemente quedaron relegados mientras las autoridades parecían más interesadas en capitalizar políticamente la euforia mundialista que en atender las necesidades de fondo.
Con una desfachatez difícil de justificar, aprovecharon presupuestos destinados a obras permanentes relacionadas con el Mundial para privilegiar festivales, regalar camisetas de colores disfrazadas de uniformes de selecciones extranjeras con fines de posicionamiento partidista e, incluso, repartir cerveza mientras, al mismo tiempo, vecinos del poniente del Área Metropolitana protestaban por la falta de agua.
Las aspiraciones electorales siempre han existido y el modo fiesta fue anunciado con entusiasmo. Lo cuestionable fue mezclarlo con una estrategia política tan evidente, olvidando la realidad cotidiana de los ciudadanos. Eso obliga a reflexionar en manos de qué autoridades depositamos nuestra confianza.
Ahora sólo falta que la Selección Mexicana prolongue la permanencia de la fiesta mundialista. Por emoción, identidad y orgullo nacional, ese es el deseo de todos los mexicanos. Pero para Nuevo León quizá no sea la mejor noticia. No sería extraño que algunos prefirieran prolongar la celebración para seguir postergando los problemas.
Al final, parecería imponerse aquella vieja fórmula: al pueblo, pan y circo... cerveza y conciertos.