Un abrazo es un poderoso y universal lenguaje de solidaridad y alivio emocional. Quien lo ofrece quizá lo haga por una reacción natural, pero cuando ocurre en el momento oportuno deja una huella en quien lo recibe y una lección para quienes lo observan.
Uno de esos abrazos ocurrió en medio de la euforia futbolística y la oleada de visitantes internacionales durante el primer día de Monterrey como ciudad anfitriona. Con la alegría de haber llegado tras un largo viaje desde Suecia, un grupo de aficionados hizo una pausa en su camino antes de ingresar al estadio que marcó a los mexicanos.
Conmovidos, los suecos mostraron respeto y empatía hacia las madres de personas desaparecidas del colectivo Renacer, quienes se manifestaban para visibilizar la búsqueda de sus seres queridos. Una muestra de sensibilidad que contrastó con el trato que las familias buscadoras habían recibido días antes por parte de las autoridades.
En la emblemática Plaza de los Desaparecidos, a unos metros del Palacio de Gobierno, fueron colocados maceteros para maquillar u opacar la exhibición de los rostros de quienes siguen sin ser encontrados. La misma indiferencia se reflejó cuando el colectivo instaló alrededor de 150 fichas de búsqueda en un puente peatonal que conecta con el Estadio Monterrey, con el propósito de mostrar al mundo la crisis que viven miles de familias. Sin embargo, el Gobierno decidió limitar el acceso al lugar para evitar su visibilidad.
Así, mientras las autoridades se esfuerzan por mantener el modo party, ocultando una realidad marcada por el sufrimiento y procurando ofrecer una imagen ejemplar a los turistas extranjeros, fueron precisamente ellos, los europeos, quienes dieron una lección de solidaridad en apenas cinco segundos de atención y un abrazo.