El cartujo se frota los ojos, irritados por la lumbre de La edad de la ira (Galaxia Gutenberg, 2017), de Pankaj Mishra, quien no deja títere con cabeza al explicar el origen del odio en el siglo XXI. Vivimos —afirma— inmersos en una espiral de violencia, de racismo, de homofobia, de misoginia; se destruye el medio ambiente, se fulminan las esperanzas, y se fortalecen los líderes autoritarios y populistas, de izquierda y de derecha. La gente, en todas partes, está enojada. Soñaba con una vida mejor, y eso se ha perdido. “De ahí viene gran parte de la ira” —dice en una entrevista con Iker Seisdedos para Babelia—. “Con la modernidad —abunda— llega la promesa de igualdad y prosperidad. La democracia liberal y el capitalismo iban a procurárnoslas. Todos creímos en esa utopía, pero solo las élites disfrutaron de esa gran bonanza”.
La frustración y el miedo a los desafíos del porvenir alimentan la hoguera del resentimiento y allanan el camino de los demagogos “de todos los colores” —escribe el también autor de De las ruinas de los imperios (Galaxia Gutenberg, 2014) —, quienes “han pescado en las aguas revueltas del cinismo, el aburrimiento y el descontento”.
La edad de la ira —advierte Daniel Gascón en Letras Libres— es un libro interesante, apresurado y fallido. Al adentrarse en la genealogía del descontento, Mishra lo hace con erudición y vehemencia, pero acaba metiendo todo en el mismo saco y construyendo un discurso sin matices, sin considerar los beneficios de la modernidad (los avances en la medicina y en los derechos de las mujeres, por ejemplo).
Habitamos —dice Mishra— un tiempo sin esperanza. “Es hora de abrazar un pensamiento apocalíptico. No tiene sentido pensar que todo va a ir mejor. Hemos sido demasiado complacientes durante demasiado tiempo”, comentó en Babelia.
La edad de la ira hace pensar en los jóvenes, en quienes la frustración se acentúa cuando después de asistir a la universidad no encuentran empleo y las promesas de un futuro prometedor se desbaratan, unas veces con rapidez y otras con pasmosa lentitud, incrementando su amargura. Si así es para los universitarios, ¿cómo será para quienes no han tenido oportunidad de asistir a la escuela, para quienes padecen la impreparación y el ausentismo de sus maestros, para los analfabetos del siglo XXI?
Esclavos de cualquiera
En Contra los periodistas y otros contras (Lumen, 2018), Karl Kraus escribe: “Democracia significa poder ser esclavo de cualquiera”. Los malos gobiernos democráticos en el mundo le dan la razón. En México pasamos de una corrupción inmensa, indignante, indefendible, a un régimen austero y autoritario. En ambos casos la división y el encono social han seguido en aumento. Cruzamos nuestra edad de la ira y en el país se acumulan muertos y agravios, la violencia y el crimen no disminuyen, al contrario, mientras el primer mandatario grita desde la tribuna: “¡Pórtense bien! ¡Pórtense bien!”, como si eso sirviera de algo en un país en el cual se ha extraviado el respeto a la autoridad, en donde disminuyen las oportunidades laborales y se engaña a los jóvenes con “universidades” improvisadas, auténticas fábricas de desempleados, calderos de rencor social forjados en el fuego de la demagogia.
Con tantos problemas en México, las amenazas de Donald Trump no hacen sino aumentar la incertidumbre y el temor. A los lapidarios mensajes del presidente estadunidense, el mexicano respondió con una carta extensa, con algunos desplantes de valor (“no soy un cobarde ni timorato”) y un bien calculado efecto doméstico; es decir, no escribe para Trump sino para su parroquia cuando dice: “Usted sabe también que nosotros estamos cumpliendo con nuestra responsabilidad de evitar, en la medida de lo posible y sin violentar los derechos humanos, el paso (de migrantes) por nuestro país. No está de más recordarle que, en poco tiempo, los mexicanos no tendrán la necesidad de acudir a Estados Unidos y que la migración será opcional, no forzosa. Esto, porque estamos combatiendo la corrupción, el principal problema de México ¡como nunca! Y, de esta manera, nuestro país se convertirá en una potencia con dimensión social. Nuestros paisanos podrán trabajar y ser felices donde nacieron, donde están sus familiares, sus costumbres y sus culturas”.
¿Cuándo sucederá eso? ¿Cuándo cientos o miles paisanos no tendrán necesidad de arriesgar la vida por buscarse un futuro mejor en Estados Unidos? Es cierto, ha disminuido el paso de mexicanos indocumentados hacia esa nación, pero no es para echar las campanas al vuelo, y en todo caso Trump está en campaña ahora mismo y nadie le supone paciencia para esperar nuestros días felices. Además, ¿alguien en su sano juicio podría llamar “amigo” al psicópata americano, como lo denomina Paul Auster? Así firma López Obrador su carta, ignorada hasta ahora en la Casa Blanca: “su amigo”.
AMLO ha llamado a la unidad de todos los mexicanos ante las amenazas de Trump; al margen de intereses particulares, económicos y políticos, nadie podrá regateársela si él mismo no se encarga de dinamitar el diálogo con quienes no piensan como él. Ojalá, de verdad, encuentre la manera de hacer entrar en razón a Trump, mientras tanto su asignatura pendiente es dejar de dividir al país.
Queridos cinco lectores, desde la hermosa ciudad de Oaxaca, adonde asiste al Encuentro Literario Hacedores de Palabras, convocado por el poeta Julio Ramírez, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.