Cultura

Insultando se entiende la gente

Luis M. Morales
Luis M. Morales


España fue siempre un lugar de insultadores ingeniosos, aunque ya no lo parezca. Durante siglos nuestro desprecio verbal fue una herramienta seria, peligrosa y a veces mortal. Se insultaba como Dios manda, con certeza del peso de cada palabra. Se insultaba de puta madre. Hoy, en cambio, se insulta mucho y cutre. O sea, mal. En eso, como en tantas otras cosas, hemos perdido el oficio. Aunque no las ganas.

En el Siglo de Oro, insultar era un arte social. Llamar imbécil a alguien era un quiero y no puedo, un improperio de chichinabo, porque lo que se zahería no era la inteligencia, sino el honor. Decirle villano a un hidalgo equivalía a negar su condición; llamar cobarde a otro era invitarlo a batirse; decir cornudo no apuntaba a la intimidad conyugal sino a la humillación pública, la risa ajena, el descrédito. El insulto no rebatido con letras o sangre era una grieta en la reputación.

Había insultos que hoy parecen simples, pero que antes funcionaban como minas antipersona. Hijo de puta no era un comodín fácil como lo es hoy —yo mismo lo uso mucho—, sino una imputación al linaje en una sociedad obsesionada con la sangre limpia. Judío, moro o converso, utilizados como acusaciones, eran sospechas con consecuencias legales. Por eso los grandes escritores sabían hacerlo con precisión quirúrgica. Quevedo no lanzaba improperios sino ejecuciones; cada palabra estaba escogida para humillar a muerte. No necesitaba levantar la voz, pues sabía que un verso eficaz clavaba al adversario en la memoria colectiva. El insulto era literatura, porque la literatura era poder.

Con el paso del tiempo, el insulto fue a otros ámbitos, mezclado con la política: afrancesados, servilones, ojalateros. Durante la Segunda República y la Guerra Civil, sustantivos convertidos en insultos señalaban y mataban: terrateniente, agitador, marxista, derechista, podían llevar a las cunetas cebadas por unos u otros. Y con el franquismo, el insulto circuló por conducto vertical: unos lo usaban de arriba abajo y otros de abajo arriba. Ya no se trataba de dañar el honor ajeno, sino de señalar a partidarios o enemigos del orden establecido: fascista, antiespañol, estraperlista, degenerado, falangista, meapilas, invertido, eran palabras administradas sin ironía ni ingenio, pero a veces de una violencia burocrática devastadora, pues —las que iban de arriba abajo, sobre todo— tenían serias consecuencias materiales.  

Hoy estamos en la fase idiota del proceso: el insulto sin responsabilidad. En las redes sociales se vomita bilis sin pagar el precio ni dar la cara, incluso sumándose a otros con un simple clic del ordenador o el teléfono. Tampoco se ataca el honor o la lealtad a lo que sea —averiguarlo requiere esfuerzo y tiempo—, sino la supuesta filiación del objetivo en cuestión:  machista, masón, nazi, cuñado, taurino, seguidor del Real Madrid o del Barça. El insulto español contemporáneo es rápido, fácil y pobre, una contraseña tribal: tú, cabrón, puta, no eres de los míos. No se insulta a alguien por lo que es, sino por lo que se supone que es. Incluso por lo que se supone que no es.

Aparecen además epítetos muy contemporáneos: viejuno, maruja, señoro, misógino, amorfa. También tienen mucho éxito los insultos a la ambigüedad. No militar en algo es imperdonable: moderadito, equidistante, tibio, maricona. La diferencia entre antes y ahora no es que insultemos más, sino que insultamos peor. Antes implicaba riesgo de un pistoletazo, de una bofetada; hoy se insulta pensando más en la audiencia que en el adversario. Y ahí entra el algoritmo que no recompensa el ingenio, sino la reacción. El improperio que triunfa no es el que requiere talento para construirlo, sino el fácil de compartir. Insultos diseñados para circular, no para definir de verdad. De ahí la pobreza léxica, la reiteración, la monotonía.  

Esta variedad moderna tiene sus ventajas para quien la ejerce: facilita la deshumanización. Ya no hace falta escuchar, ni reflexionar. El insulto más sobado funciona como recurso para mentes incapaces de complejidad, pues permite sentirse del lado correcto sin ningún esfuerzo intelectual: fascista, machista, racista, rojo de mierda, son recursos ideales. Lo malo es que cuando de verdad es necesario señalar un fascismo real, un machismo real, un racismo real, un rojomierdismo real, ya no queda munición; de tanto usarla para todo no sirve para nada. Este es el gran daño colateral del insulto español contemporáneo: vacía el lenguaje de precisión. Cuando todo se plantea como intolerable, nada lo es del todo. Si es cierto que insultando bien se entiende la gente, sabiendo a qué atenerse, quizá sea esa la causa de que cada vez nos entendamos peor.


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Arturo Pérez-Reverte
  • Arturo Pérez-Reverte
  • Escritor, periodista y académico español. Es académico de número de la Real Academia Española desde 2003.​ Entre sus novelas están Las aventuras del capitán Alatriste, La reina del sur y Revolución, la más reciente.
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