En su humilde celda, el cartujo desempolva tres libros, son testimonios en los cuales se despliegan éxitos —reales o imaginarios— y se omiten errores. Sus autores fueron presidentes de México, coinciden en el primer apellido y en su herencia de corrupción y discordia, también en la nostalgia del poder y en su inefable arrogancia.
El primero, Mi historia militar y política 1810-1874. Memorias inéditas (Porrúa, 1974), de Antonio López de Santa Anna, es el recuento de quien se asume héroe incomprendido y desde el exilio rechaza “las alevosas calumnias de implacables enemigos”; se mira como un patriota, “sirviendo bien a su nación y merecedor por tanto de gratitud”. “La posteridad me hará justicia”, dice, pero a estas alturas ya sabemos cómo lo ha tratado el veleidoso porvenir.
El segundo es Mis tiempos. Biografía y testimonio político (Fernández Editores, 1988), de José López Portillo, dos tomos de impecable retórica sin un ápice de autocrítica. Al dejar la presidencia, consigna, se vio obligado a “dominar el temperamento y aprender a tolerar la injuria, el desahogo, la mentira, la difamación contra mi familia, mis amigos, mis muertos. Aprender a aguantar el manoseo de los cobardes y la baba de los traidores”. Se duele del linchamiento en su contra y escribe: “Creo que debo concluir mi testimonio, mientras sigo viviendo mi biografía inconclusa, frente al misterio del juicio pendiente de la historia. Ese misterio y todos los misterios”.
El tercero es Gracias (Planeta, 2024), de Andrés Manuel López Obrador, con el Humanismo Mexicano, afirma: “se pudo demostrar que es posible fortalecer económicamente al país sin corrupción, derroche, deuda, altos impuestos, devaluaciones…”. Al terminar su mandato, expresa: “me jubilaré y no volveré a participar en nada público. Si hice bien o no, la historia lo dirá”. Pretendía ser recordado como “Juárez o Cárdenas”, pero con sus obras, fútiles y peligrosas, piensa el cofrade, apenas le alcanza para mirarlo como Santa Anna (perdió gran parte del país con el narco) o López Portillo (por su orgulloso nepotismo). Así de azaroso es el destino.
Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.