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Viernes , 22.02.2019 / 13:27 Hoy

Agua de azar

Desde arriba

Jorge F. Hernández

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El 30 de enero de 1969 descendió la música del cielo. Hay testigos y, entre ellos, mi amigo Julián Meza, que se convirtió en mi Maestro en el instante en que me confió que caminaba a la altura del número 3 por la calle de Savile Row, centro de Londres, cuando escuchó que las nubes sudaban los acordes con voces que decían “Don’t Let Me Down”. Sabemos por grabación y filmaciones que los profetas tocaron primero dos versiones de “Get Back” y luego, una primera versión de “Don’t Let Me Down”, que es la que ancló a Julián en la acera opuesta de Savile Row para confirmar de lejos, sin verlos, que se trataba del último concierto en vivo de The Beatles.

John, Paul, George y Ringo se seguirían con “I’ve Got a Feeling”, “One After 909”, “Dig a Pony” y otras sendas versiones de “I’ve Got a Feeling”, “Don’t Let Me Down” y cerrar —ya con policías en la azotea, amenazando con arrestarlos— con otra versión de “Get Back”, más que metáfora con la que habían iniciado el concierto en la azotea, minutos antes de que pasara por allí mi amigo Julián.

Dicen que fue ocurrencia de Lennon, y que Harrison había invitado a Billy Preston para que volara sobre los teclados y se escucha al final de todo el milagro que John ironiza, despidiéndose con la esperanza de que el grupo “haya aprobado la audición” como si se tratara del cuarteto recién formado de jóvenes con toda la vida por delante y no el grupo incandescente que habría de cambiar la cara del mundo en poco menos de una década y que así pasen cincuenta años parecería que mi amigo Julián sigue caminando como sombra por las calles de Londres en una rara escapada que lo alejó de su París o de las calles de bugambilias en México por donde dictaba cátedra contagiando libros y películas como si supiera que la eternidad no es más que el recuerdo instantáneo e imborrable que nos comparten las mentes entrañables con esa sensibilidad hipnótica que se desprende de la memoria para que la imaginación compartida se convierta en un campo interminable de fresas impalpables cuyo aroma desciende de los cielos en el momento menos pensado. Caminan entonces los espectros de Harrison y Lennon al lado de todos los amigos entrañables que se han sumado a mis muertos en el silencio gélido de una mañana de enero, en medio de la ciudad más grande del mundo, para que de pronto todo se congele en el vacío y se escuche desde arriba la música que baja como abrazo sin que pase medio siglo por las cuatro prodigiosas cuerdas gruesas del bajo, las doce cuerdas intactas de John y George, los teclados de iglesia del soul de Preston y la misma idéntica batería de Ringo que lleva en una mano dos anillos que reflejan el Sol que siempre viene de vuelta en el recuerdo incandescente del instante entrañable, sin que supiera nadie que sería el último concierto juntos y que lo último que quedaría grabado en estudio sería la frase de que todo el amor que hayamos de producir es equivalente al amor que podremos llevar con nosotros, todo el amor hecho como ánimo inversamente proporcional a todo el amor acumulado en la memoria a medio siglo de un delirio de palomazo insólito que para el tráfico y me permite olvidar por hoy todo el tráfago de tanta mala noticia y tanto hartazgo de estulticias y tanto entusiasmo impostado… y tanta ausencia intangible por donde proyectan su sombra Julián y tantos amigos que veo caminando por una calle de Londres, sin rumbo fijo y con todo el tiempo del mundo como para pararse contra un muro de ladrillos y contemplar la serena epifanía de la música que por hoy tuvo la genial ocurrencia de bajar a la Tierra… desde arriba.

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