Cultura

Los hijos de Quetzalcóatl

En México se cultiva, mucho más que en otros países, la vena mística, la especulación esotérica, el pensamiento mágico. Mexicanos de todos los pelajes recurren, con toda seriedad, a esa vena nuestra, políticos, artistas, empresarios, deportistas y escritores tienen sus devaneos con esa otra misteriosa realidad que no se percibe en otros lugares.

En España, por ejemplo, un país herméticamente realista, no existe más que una sola realidad: lo que no existe en España no existe; en cambio, en México lo que no existe no tiene por qué no existir.

De Octavio Paz, el más serio de nuestros escritores, nos cuenta Guillermo Sheridan (Habitación con retratos, 2015): “Propenso al pensamiento mágico, creía en sincronicidades, casualidades y toda suerte de mancias, atento a las muchas señales insinuantes de que algo nos gobierna”.

Así somos, percibimos todo el tiempo esas señales insinuantes. Mire usted a su alrededor.

El mito de Quetzalcóatl nos ha educado a los mexicanos, durante toda nuestra historia, para que, a través de su poderosa y omnipresente simbología, percibamos, o imaginemos, la otra realidad. Quetzalcóatl transitaba de una realidad a la otra. Era una criatura dual que durante una parte del año aparecía, por la tarde, en la zona oriental del cielo, y luego reaparecía por el Occidente, en la mañana. Cuando era el lucero del alba se llamaba Tlahuizcalpantecuhtli, y Xolotl cuando era la estrella de la tarde. Para llegar de un punto al otro de la bóveda celeste, atravesaba durante 90 días el mundo de los muertos que, según la realidad astronómica, es el paso de Venus por detrás del Sol. El ciclo de Quetzalcóatl es el del sinódico de Venus. Esta deidad prehispánica era también conocida como “el gemelo precioso”, “el cuatro pies”, “la serpiente emplumada”. Todos sus nombres aluden a su calidad de dios dual.

Quetzalcóatl sigue muy activo en el siglo XXI, y el influjo de su naturaleza dual nos salva de caer en la percepción monolítica del mundo que impone la imaginería católica, una que, como decíamos anteriormente, está instalada con una fuerza insólita en España, el país donde se inventó el catolicismo que después se exportó, con notable éxito, a Latinoamérica.

México es un país híbrido que está partido entre el catolicismo español de importación y el sistema prehispánico de creencias; por esta razón coexisten diversas formas de entender la realidad. Basta ver las novelas que se escriben en España, que son herméticamente realistas en su enorme mayoría, y las que se escriben en México y en Latinoamérica en general, que, más que reflejar estrictamente la realidad, están fugadas hacia la invención, la hipérbole y a veces al delirio. Una situación curiosa porque fue El Quijote quien introdujo estos elementos en la novela en español. En el siglo XXI Cervantes parece más latinoamericano que español; aquí es donde al final ha florecido el espíritu cervantino.

Quetzalcóatl ha impuesto, a lo largo de los siglos, la mirada dual, dos realidades colindantes separadas por una frontera imperceptible por la que se cuela el talante místico del mexicano. Ha impuesto esta mirada de la misma forma en la que, por poner un ejemplo, la virgen María ha orientado el juego sexual en el universo católico al recordar a sus fieles, durante siglos, que ella fue “sin pecado concebida”; es decir, sin sexo de
por medio y que se trata
de una madre “inmaculada”, o sea, sin la “mancha” que deja el acto sexual. La virginidad entre los católicos no es de orden práctico, como sucede en las religiones sin virgen que la promueven para conservar la pureza de la comunidad, del pueblo, de la etnia; en la virginidad católica se cree: es un dogma, y por eso tiene tanta fuerza y desfigura de tal forma la relación entre hombres y mujeres.

Pero a México la virgen llegó amestizada por el universo prehispánico, que inmediatamente la nombró para hacerla suya: Tonantzin Guadalupe. La virgen, que en España es una deidad unidireccional, en
México queda inscrita en la frontera entre las dos realidades colindantes que encabeza el dios Quetzalcóatl.

En los Anales de Cuauhtitlán se cuenta de la transformación de Ce Ácatl Topiltzin en Quetzalcóatl: en “la orilla celeste del agua divina” se echó a llorar, y “después cogió sus arreos, aderezó su insignia de plumas y su máscara verde”; luego se prendió fuego y su corazón ascendió al cielo, y comenzó ese viaje eterno que lo lleva de un lado a otro del plano astral. Me parece que fue entonces, en el año I Ácatl, en la orilla celeste del agua divina, que empezamos a ser como somos.

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Jordi Soler
  • Jordi Soler
  • Es escritor y poeta mexicano (16 de diciembre de 1963), fue productor y locutor de radio a finales del siglo XX; Vive en la ciudad de Barcelona desde 2003. Es autor de libros como Los rojos de ultramar, Usos rudimentarios de la selva y Los hijos del volcán. Publica los lunes su columna Melancolía de la Resistencia.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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