Para el caminante utilitario del siglo XXI, en un desplazamiento que va del punto A al punto B, el destino es mucho más importante que el camino; lo que quiere es llegar cuanto antes a B, despreciando lo que pasa en el trayecto.
El pintor Francis Bacon iba a contrapelo de este caminante utilitario, salía de su casa a andar sin rumbo, no se dejaba gobernar ni por el mapa ni por el reloj, y ese caminar sin ataduras, sin la urgencia de llegar al punto B, producía un vacío fértil desde el que podía pensar con más soltura. “Sólo los pensamientos que vienen de caminar tienen valor”, escribió Nietzsche sobre esto.
A esta manera de caminar Bacon la llamaba drift, dejarse llevar, ir a la deriva. A la deriva “he pasado la mayor parte de mi vida. Quizá sea el mejor medio de sobrevivir en nuestro mundo, y quizá también, de escapar de la angustia”, le dijo al crítico francés Franck Maubert.
El ir a la deriva de Bacon, el fluir diríamos hoy, consistía en no oponer resistencia y atender lo que pasaba entre el punto A y el B; el camino para él era mucho más importante que el destino.
En el glorioso desorden de su estudio londinense, donde el suelo estaba cubierto por una gruesa costra de papeles, trapos, tubos de pintura y toda clase de materia, se encontró una foto pisoteada del cuadro del papa Inocencio X de Velázquez, que había recortado, hacía décadas, de alguna revista. El deslumbramiento que le produjo el hallazgo lo llevó a pintar una famosa serie no propiamente de Inocencio X, sino de la deriva que había experimentado el recorte, que estaba manchado de pintura y marcado por la suela del zapato de Bacon: pintó el camino que había hecho la imagen, lo que había entre A y B, de la misma forma en que lo hacía cuando salía a caminar; no opuso resistencia y lo pintó tal como el flujo del tiempo lo había dejado.
En ese dejarse llevar, que era su modo de vivir, Francis Bacon tenía, en la pared prominente de su estudio, un espejo roto que nunca reemplazó porque apreciaba la oportunidad de contemplarse, reflejado en múltiples fragmentos, que le había regalado la vida.