La activista Sofía Morín presentó una denuncia penal en contra de Gina Rivara y Patricia Enríquez, directora y subdirectora del refugio Franciscano AC. Les acusa de maltrato animal contra 759 perros y 39 gatos.
Morín también subió a sus redes sociales fotografías de perros supuestamente lastimados, enfermos y bajos de peso. Acusó que en el albergue se les alimentaba con pan, agua y chocolate.
Esas imágenes despertaron indignación y enojo social. La mayoría de los medios retomaron las declaraciones de la activista para reclamar a la autoridad que tomara cartas en el asunto.
Y así sucedió. El martes de esta semana el gobierno de la CdMx arribó al refugio Franciscano para llevarse a más de mil animales, perros y gatos, dentro de camiones de redilas cubiertos por lonas. Se emitió luego un comunicado informando que habrían sido trasladados a otros albergues.
Detrás de este relato hay otra historia más truculenta, corrupta y cruel que necesita contarse. Sirvan los siguientes párrafos para escapar de una narrativa empleada alevosamente para sacar adelante un millonario negocio inmobiliario:
Esta narración comienza en el año de 1977, cuando la señora Ita Osorno fundó el refugio Franciscano. En vida se le conoció como “la reina de los animales” por su dedicación a los perros y gatos abandonados que, antes de ella, la autoridad recogía para luego matarlos.
El refugio surgió con la vocación de curarlos, cuidarlos y en su caso, darlos en adopción. En su día se trató de un cambio radical en las prácticas que la ciudad empleaba para sacar a los animales de las calles.
Ita Osorno fue amiga del filántropo y millonario Alejandro Haghenbeck. Otro personaje excepcional también preocupado por los animales; fue dueño de propiedades inmobiliarias de gran valor que, antes de morir, decidió dedicar a la protección animal.
En 1991 entregó en comodato a la señora Osorno un terreno de 163 mil metros cuadrados, ubicado en la entonces delegación Cuajimalpa. En ese acto jurídico se estableció que la propiedad quedaría indefinidamente en manos del refugio Franciscano, siempre y cuando se mantuviese como albergue animal.
Más tarde, al redactar su testamento, Haghenbeck reafirmó tal voluntad. En él se estipula (cláusula segunda) que todos sus bienes serían utilizados para el cuidado animal y se ratifica (cláusula sexta) que el terreno de Cuajimalpa quedaría en manos del refugio Franciscano.
Para asegurarse de que esta voluntad no fuese torcida por otros intereses, Haghenbeck creó una fundación y nombró a otra amiga suya, Josefina González Polo, como responsable de vigilar el cumplimiento del estatuto.
Al nacimiento de la Fundación fue nombrada tesorera Carmela Rivero, una empleada de alto nivel en una empresa refresquera; tal distinción se le otorgó porque presuntamente era una buena y honesta administradora.
Con el cambio de siglo, ya sin la presencia de Haghenbeck, Carmela Rivero ascendió a la presidencia de la fundación. Más tarde expulsó a Josefina González Polo y rompió lazos con Ita Osorno.
En 2020, el patronato de la Fundación Haghenbeck optó por traicionar sus estatutos y también el testamento de su fundador. Sin tener facultades para ello transfirió a un fideicomiso bancario la propiedad donde se encuentra el refugio Franciscano.
Por increíble que parezca, hace solo cinco años la fundación cobró 650 mil pesos por un terreno de 16 hectáreas que, según la zonificación, podría emplearse para edificar unas 350 viviendas de alta gama.
De acuerdo con el columnista Alejandro Envila Fisher, la empresa inmobiliaria Be Grand sería la verdadera compradora de esta propiedad.
El problema con esta venta ocurrió cuando no pudo entregarse el inmueble a los nuevos dueños porque el refugio Franciscano procedió a defenderse legalmente.
En 2021 dio inicio un litigio civil emprendido por Carmela Rivero para dar por concluido el comodato argumentando que Haghenbek no debió haber entregado una propiedad que luego pasó a ser de la fundación que llevaría su nombre.
Por absurdo que parezca, el juez 60 civil concedió la razón a Rivero pero el albergue logró conservar el predio gracias a que recurrió esa sentencia absurda.
Fue entonces cuando vino la primera acusación en contra de las personas que integran el patronato del refugio Franciscano por supuesto maltrato animal.
En 2022 tales denuncias no prosperaron. Verificaciones realizadas por las autoridades responsables hallaron infundados los alegatos sobre violaciones a los derechos de los animales.
Vino después un acuerdo judicial entre Gina Rivara, directora actual del Refugio, y la Fundación Haghenbeck, para que el terreno de Cuajimalpa fuera liberado a cambio de que la fundación equipara en el municipio de Texcoco una propiedad adquirida por el albergue para relocalizar allá a los animales.
Debía por tanto Carmela Rivero encargarse de construir una barda perimetral en un terreno grande (16 hectáreas), además de instalar agua, electrificar, construir una veterinaria, colocar jaulas y un largo etcétera.
Sin embargo, la Fundación Haghenbeck no cumplió. En vez de hacer la aportación prometida recurrió de nuevo a tribunales para exigir que el convenio fuese anulado. El pasado mes de diciembre Carmela Rivero encontró otra vez una jueza que le dio la razón. El refugio contaba sin embargo con un mes para apelar esa decisión pero la fundación logró que, antes de que se cumpliera el plazo legal, le ayudaran con lujo de violencia a apropiarse del terreno.
Esto ocurrió entre el 11 y el 12 de diciembre. Durante varios días los animales no tuvieron alimento, bebida ni medicamento. Cuando ingresó Sofía Morin para tomar sus fotografías –asegura Patricia Enriquez, subdirectora del refugio– ya se habían fabricado pruebas para enderezar la denuncia contra ella y Gina Rivara, por supuesto maltrato animal
Finalmente, el martes 7 de enero, la Fundación Haghenbeck logró que fuesen retirados del refugio más de mil animales. Ese era el verdadero propósito: limpiar el predio de perros y gatos para entregárselo a los nuevos propietarios.
Una cosa está clara en la CDMX: más grande que los amores perros es la corrupción inmobiliaria.