El diablo hace diabluras cuando Dios se lo permite. Es malo pero no tiene autonomía, de acuerdo con el orden jerárquico que presenta el Antiguo Testamento. Una de sus diabluras, que está consignada en la sección de los Libros Históricos (1 Crónicas), ha crecido desmesuradamente desde los tiempos bíblicos, hasta llegar a nuestro siglo fuera de control y convertida en una plaga.
Satanás incita al rey a hacer un censo, un registro de todos los habitantes del reino, con dos modestos propósitos: el militar y el fiscal. Aquel primer censo que aparece en la Biblia inaugura el control del reino sobre sus ciudadanos, aunque era poco exacto y sólo servía para saber el número de habitantes, con el propósito de, llegado el caso, disponer de su fuerza o de su tributo, nada más.
“Convocar un censo era una de las faltas más graves que se podían cometer”, escribe Roberto Calasso en El libro de todos los libros (Anagrama, 2024), y más adelante completa su idea: “Con el censo se le recordaba con dureza al pueblo que la vida de cada cual estaba regida por las riendas que manejaba Otro”.
Aquel censo lo aplicaba el reino y, al correr de los años, comenzaron a aplicarlo los Estados. Pero en el siglo XXI el censo ha experimentado una escalada, lo aplican el Estado y, en la modalidad de hiper censo, las grandes empresas tecnológicas, Google, Meta, Amazon, TikTok, Spotify y hasta tu WhatsApp y tu cuenta de mail. Este censo salvaje, que hoy nos fiscaliza microscópicamente cada segundo, no sólo sabe cuántos somos y cuánto nos toca tributar, como aquel modesto sistema que implementó Satanás, también sabe qué consumimos, cuánto dormimos, a quién amamos, por dónde nos desplazamos, a qué le tenemos miedo, que publicaciones leemos y qué palabras borramos cuando escribimos un mensaje, es decir: sabe hasta lo que no decimos. Y con todos esos datos pueden modificar nuestros hábitos, influir en nuestras decisiones y predecir qué vamos a comprar o qué vamos a votar. Dan ganas de pensar que el diablo era un buenazo que hoy no podría competir con los verdaderos diablos.