En el siglo XXI a Ulises le hubiera tomado unas horas regresar a Ítaca, a su casa, y no los diez años que nos cuenta Homero en la Odisea. Todo el talento, el esfuerzo, la épica del héroe que trata empecinadamente de regresar a casa, sorteando toda clase de peligros, se diluiría en este siglo nuestro de la hiperconexión y de la hipervisibilidad.
Con un iPhone en el bolsillo de la túnica, o en un doblez del manto, Ulises hubiera podido trazar una ruta menos errática, buscando en la red fotos, opiniones y comentarios de los turistas sobre las cosas que hay que ver y de las que hay que cuidarse en el estrecho de Mesina o en la Isla de Calipso.
En Google Maps o Waze no sólo le habrían indicado el camino más corto, también le habrían advertido de los obstáculos y los contratiempos que podrían retrasarlo; no de los atascos o las incidencias en la carretera, como nos advierten a nosotros, sino, por ejemplo, de la presencia del cíclope Polifemo o de esos gigantes caníbales conocidos como lestrigones. O de las sirenas que lo llaman para que se acerque y, una vez seducido por sus voces irresistibles, comérselo hasta dejar albeando sus huesos: “¡Ea, célebre Ulises, gloria insigne de los aqueos! Acércate y detén la nave para que oigas nuestra voz”. Así lo llaman y a mí me da por pensar que así nos llama a nosotros la pantalla, las sirenas de Instagram y de TikTok que también, una vez seducidos, nos devoran hasta los huesos.
Si Ulises fuera nuestro coetáneo se habría ahorrado diez años de tormento, pero se hubiera perdido de cosas muy valiosas. Gracias a esa década de esfuerzo, a ese audaz periplo sin GPS, perfeccionó su capacidad de adaptación y sus estrategias de supervivencia; aunque era rey de Ítaca y el héroe de la guerra de Troya, muy pronto tuvo que despojarse de su ego para aprender a ser humilde, discreto y prudente, valores que terminaron salvándolo. Además, por todos los embates de los que salió milagrosamente airoso, comprendió que es la finitud lo que llena la vida de sentido. El Ulises que volvió a Ítaca, gracias a lo que le enseñó su odisea, era mejor que el que se fue.