En algunas islas del Océano Antártico hay insectos con alas que han dejado de volar. Moscas, avispas, polillas y un montón de escarabajos que normalmente vuelan, en aquellas islas caminan o se arrastran.
Una criatura, cuyos antepasados volaban, que hoy se arrastra por el suelo, constituye uno de los saltos involutivos más desgraciados del darwinismo. La ruina moral y estética: tu padre y todos sus ancestros volaban y tú y toda tu descendencia se han convertido en una tribu rastrera.
Estos insectos han dejado de volar por los fuertes vientos que azotan a estas islas y, al dejar de hacerlo, dentro de un proceso que ha tardado miles de años, han encontrado en la tierra un hábitat estable donde pueden caminar y arrastrarse de manera holgada y confortable. Tantos siglos de vivir rastreramente les han atrofiado las alas y la musculatura que las ponía en movimiento.
Estos insectos que han cambiado el cielo por el suelo tienen alguna similitud con nosotros. Digamos que pensar es nuestra forma de volar, hay que ejercitar continuamente las alas del pensamiento porque, si no, se atrofian, y con las alas del pensamiento atrofiadas nos convertimos en criaturas rastreras, a merced del gavilán que no ha perdido la capacidad de volar.
Observemos la forma en la que, en este milenio lleno de prodigios tecnológicos, el teléfono inteligente, por ejemplo, nos empieza a recortar las alas: ya no tenemos, de entrada, que recordar otros números de teléfono, ni tenemos que echar a andar la memoria para recordar el nombre del director de una película o el de la capital de algún país; tampoco tenemos ya que hacer ninguna operación mental para desplazarnos en la ciudad de un lugar a otro, ni tenemos ya que hacer el esfuerzo de rastrear en nuestra memoria para recordar el nombre del grupo que toca una canción.
Nuestro mundo empieza a convertirse en una de esas islas donde los vientos de Google, de Apple Maps, de Siri, de Alexa, de Shazam, nos invitan a arrastrarnos en lugar de volar.