Política

Extraños conocidos

La mujer lloraba mientras el otro callaba. Quejándose, recién empezada su etapa de melancolía, berreaba por la pronta pérdida de su amado. 

La respuesta que había recibido no era suficiente; quería más de alguien que ya no estaba dispuesto a dejar su alma sobre la mesa. 

Ella soltó una frase que solo ahoga aún más la pena de perder: “Lo extraño, lo extraño, lo extraño.” Así pregunté, “¿qué extrañas?” A lo que no recibí respuesta.

Aquí me pregunté: ¿qué extrañamos? ¿Al amado o quien éramos con él? ¿Su manera de hacernos sentir? No lo sé. 

Desearía poder regresar el tiempo para intentar reconocer a la persona que alguna vez amé —si es que un día dejé de hacerlo— en aquello en lo que se había convertido ahora. 

Decir “lo extraño” no asume el sujeto de nuestro sentimiento. 

Extrañar es un verbo ambiguo. La RAE dice, en una de sus acepciones, que significa: “Echar de menos a alguien o algo, sentir su falta.” Entonces, persiste la ausencia. Pero ¿perdemos a alguien o nos perdemos nosotros?

Mary Carolyn Davies, la escritora estadounidense, decía: “Te amo, no solo por quien eres, sino por quien soy cuando estoy contigo.” Estoy de acuerdo. 

Cuando alguien decide irse de nuestra vida y volver al acto íntimo de ser extraños, perdemos una pieza de nuestra alma. 

Creo devotamente que la nostalgia se dirige tanto a la persona que amábamos en ese momento como a la pérdida de esa fotografía espiritual de quien éramos.

Le pregunto, estimado lector: cuando, por razones quizá de providencia divina, en la vastedad de la ciudad encuentra a su antigua pareja, ¿qué siente? 

Me imagino que su respuesta sería nostalgia, tristeza, lástima o un dolor característico en el estómago que solo los amores fallidos saben causar. 

Aquí nace una pregunta incómoda: ¿por qué nos genera ese sentimiento desagradable? Mi respuesta sería esta: hemos presenciado lo que más temíamos. 

Esa persona ya no existe. Cambió. Se fue. Estará con alguien más. 

Y nosotros estaremos aquí, en el mismo lugar donde alguna vez sonreímos al encontrarnos.

Extrañamos, al fin, la persona que éramos cuando estábamos con esa persona. El amor, claro, es un mal común. 

Nuestra intuición perece al encontrar a alguien nuevo: nos cegamos ante la posibilidad de volver a amar. 

Conocemos, amamos, odiamos, enloquecemos y, al final, dejamos. Terminamos convirtiéndonos en extraños conocidos.

Así quisiera haber respondido a aquella llamada desesperada de una amiga que pidió socorro. Las respuestas posibles jamás superan a las reales. 

Hume se burlaría del enamorado. Hubiera querido recordar que el acto más íntimo entre dos personas que se amaron es volver al silencio.

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Jesús Antonio Mendoza
  • Jesús Antonio Mendoza
  • Estudiante de Derecho en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Colaborador en la sección de literatura de Telediario Radio y El Supuesto, periódico universitario del ITAM.
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