Política

Con el corazón a la… ¿izquierda?

La bandera roja ondea sobre un Berlín destruido; es el 2 de mayo de 1945. El socialismo ha vencido al nazismo, pero aun así le tememos a esta ideología. 

 Escuchamos este adjetivo utilizado de —según Noam Chomsky— dos maneras: despectiva (la estadounidense) y la apreciativa (en la Unión Soviética). 

Pero ¿qué es el socialismo? ¿Cayó junto con el Muro de Berlín?

Es necesario definir al socialismo. No hay mejor autor para hacerlo que el propio Friedrich Engels, quien escribió: “El socialismo moderno es, ante todo, el producto del reconocimiento de los antagonismos de clase en la sociedad actual entre poseedores y no poseedores, entre burgueses y proletarios.” 

Esta cita de Del socialismo utópico al socialismo científico captura todos los elementos esenciales de esta ideología. Entonces,

simplifiquémoslo con cuidado: el socialismo parte del reconocimiento de la lucha de clases y propone su superación mediante la transformación de las relaciones de producción. 

Suena familiar… ¿cierto?

Entonces, ¿por qué le tememos? La repuesta tiene dos partes: la primera, por la forma en que ha sido representado en buena parte del discurso occidental; la segunda, porque se ha clausurado. 

Se nos ha retratado al marxismo como la filosofía del hambre, de la muerte y, ahora, de la derrota frente al capitalismo. Basta observar imágenes de la guerra

de Vietnam, procesos en China o incluso la masacre de Tlatelolco para advertir que la violencia histórica no pertenece a una sola ideología. 

 Nos alejamos de alguien que aún no conocemos; nunca ha existido, por ejemplo, un país comunista. Nos hemos atrevido a odiar algo que no hemos vivido.

El desconocimiento del socialismo ha permitido también a cierta élite intelectual— porque la hay, desde el siglo XX— género un sello hermético a una filosofía con casi 180 años de historia. 

Este es un error que ha mantenido al proletariado desinteresado. Seamos honestos, ¿quién quiere escuchar a alguien que no admite revisión? Algunos “marxistas”

creen que solo puede ocurrir lo que Karl Marx, Friedrich Engels o Vladimir Lenin escribieron, como si se les otorgara un poder mesiánico. No lo deben de tener. 

No lo tienen. Si se ha permitido ampliar la tradición con figuras como Lenin —y en otras corrientes con Trotsky o Mao, ¿por qué no adaptarse también a la modernidad? 

La lucha de clases persiste, pero muchas veces se diluye en discursos que ya no interpelan a nadie. Ni el comunismo, ni el capitalismo, ni nadie.

Se le llama revisionista —de forma despectiva) a todo aquel que intenta introducir un cambio. 

Seré sacrílego con Marx, pero, en el fondo, todos somos revisionistas. 

Necesitamos hacernos escuchar y asumir una revolución intelectual. 

Hay que abrir espacios para el debate y la reinterpretación. Solo así puede volver la filosofía del proletariado a quien le pertenece. 

No podemos dejarnos manipular por políticos vacíos, partidos que dicen ser de izquierda sin serlo, ni permitir la continuación de ese sello hermético. 

Me despido con el lema proletario, escrito originalmente por Karl Marx y Friedrich Engels: “¡Proletarios de todos los países, uníos! No tenéis nada que perder más que vuestras cadenas.”

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Jesús Antonio Mendoza
  • Jesús Antonio Mendoza
  • Estudiante de Derecho en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Colaborador en la sección de literatura de Telediario Radio y El Supuesto, periódico universitario del ITAM.
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