El suicidio es seductor. No por la muerte, sino por lo que hacemos con ella.
Qué romántico es pensar en la tina de Séneca, porque ya es relato. Qué romántico es pensar en los bolsillos de Virginia Woolf, porque ya son símbolo.
Qué romántico es pensar en el arma de Ernest Hemingway, porque ya es leyenda.
Qué romántico es pensar en el medicamento de Alejandra Pizarnik, porque ya es cita. Pero nada de esto duele. No. A nosotros no.
No es romántico, siendo sinceros. Es consumo. Tomamos la tragedia como si fueran ideas: a distancia y sin riesgo.
Leemos el dolor ajeno como si fuera poesía. Lo subrayamos. Lo repetimos. Lo recordamos hasta el cansancio. Solo así deja de incomodar.
Nos gusta el sufrimiento cuando no es propio ni exige respuesta. Mientras esté contenido en una página, el dolor es manejable. Incluso admirable.
Pero hay algo peor: no solo miramos. A veces necesitamos que exista. Necesitamos al poeta roto, al que no encaja.
Nos conviene creer que el dolor produce profundidad, que la lucidez exige desgaste, que romperse tiene valor. Esa creencia sostiene discursos, legitima obras, da prestigio. Por eso no lo cuestionamos.
Si el sufrimiento deja de ser condición de grandeza, entonces tendríamos que cuestionar todo lo demás. Y eso es más incómodo que cualquier muerte.
Aquí empieza lo problemático: el dolor ajeno deja de ser tragedia y se vuelve espectáculo. No podemos dejar de verlo. Lo buscamos. Lo necesitamos.
En el fondo, alguien tiene que sangrar. Siempre. En ese sentido, buscamos un mesías cotidiano: alguien que sufra por nosotros sin que tengamos que mover un dedo.
La locura no está en Emil Cioran ni en ningún otro pesimista —o realista, para algunos—, sino en nosotros.
Nos hemos vuelto fetichistas de la muerte. Nos atrae recordarla o evitarla, pero siempre está presente. El problema no es el final, sino lo que hacemos con él.
No hay mucho que hacer, más que asumirlo. Buscamos explicaciones y crucifixiones donde no hay Cristo. No hay iglesia sin fieles.
No hay poeta torturado sin público. No hay salvación en el dolor ajeno… mientras sigamos huyendo del propio.
Si el abismo voltea a vernos, lo mínimo sería sostenerle la mirada.