La muerte del arte clásico podría ponerse en términos nietzscheanos: Verdi ha muerto, y nosotros lo hemos matado.
El actor estadounidense Timothée Chalamet pronunció una realidad incómoda: a muchos no les importa la ópera, el ballet o el teatro; estamos intentando mantenerlos vivos.
Tiene algo de razón. Nosotros le hemos quitado la importancia a las artes que nos caracterizaban como humanos sentimentales, para cambiarlo por un deseo rápido.
Basta con hablar con cualquier persona y preguntarle la última vez que fue al teatro. La respuesta común será que fue de pequeño, hace años, o por algún evento escolar.
Pero comparémoslo, dígase, con un concierto masivo: la respuesta cambiará drásticamente.
Es más difícil para el público contemporáneo sentarse durante tres horas para ver La casa de Bernarda Alba, Fuenteovejuna, Macbeth o Casa de muñecas.
Hemos cambiado las obras maestras, a los genios por un entretenimiento instantáneo y quizás hedonista.
Es egocéntrico creer que una forma de arte es superior a otra.
Pero seré honesto: es imposible comparar la obra de Federico García Lorca con la de Carlos Trejo.
Por Dios, es blasfemo enunciarlos en la misma oración. Entonces, hablemos de la pérdida de la costumbre clásica; por ejemplo, los libros.
En palabras de Carlos Monsiváis, el libro jamás desaparecerá, pues es un objeto sagrado y éstos nunca desaparecen. Así, es igual de sagrada la ópera, el ballet y el teatro.
Entonces, si el arte es una institución, ¿por qué ha perdido popularidad?
Aquí hay un matiz: basta con ir a cualquier recinto y uno puede percatarse que los conciertos de orquesta siguen llenándose, que las frecuentes puestas en escena de El lago de los cisnes continúan convocando público, y que el Teatro Insurgentes rara vez tiene una sala predominantemente vacía.
Yo no comparto la idea de que forcemos a estas disciplinas a sobrevivir, pues lo hacen por sí mismas. En lo que el actor tiene razón es que ya a muchos no les importa, y, por ende, la popularidad a gran escala ha decaído.
La falta de relevancia popular del arte es porque ahora preferimos un placer inmediato, sin la necesidad de prestar atención completa.
Se piensa que siempre será más divertido un concierto que hace retumbar a una ciudad que la delicada y sofisticada cantidad de decibeles que solo se encuentra en Turandot, La traviata o Aida.
Es necesario que aprendamos a apreciar estas disciplinas por lo que son: un testimonio vivo de lo que significa ser humano.
La soberbia mata a la sabiduría. Sí, hemos asesinado a Verdi, pero podemos mantener su espíritu con nosotros.
Le recomiendo —es más, le ruego— que tome un boleto para cualquier obra. Salga de casa y vaya al teatro. Solo así uno conectará mejor con quien en verdad es y no caerá en absolutismos ni en la soberbia de Chalamet.
El telón caerá el día que lo permitamos; el arte solo está en un intermedio: es nuestro deber continuar el acto II.