Los conoce de cerca y por eso se atreve a novelar sus vidas. Habla de una especie en extinción que tuvo sus inicios en los albores y el esplendor del Partido Revolucionario Institucional, PRI, pero la decadencia de esta formación política los arrolló en su estrepitosa bajada y ahora algunos de ellos deambulan sin que les funcione mucho ese olfato de sabuesos que ostentaban para encontrar el lugar donde se reunía aquella clase política.
Es decir, aguardaban en las salidas de centros de convenciones, clubes, restaurantes, lugares en los que grillaban o confabulaban los peces gordos, quienes salían exultantes, acompañados de ayudantes y camaradas, y entonces los hombres de las cámaras fotográficas corrían, cual cardumen, tipo Naucrates ductor, el pececillo que se alimenta de tiburones, y oprimían obturadores y estallaban los flashes, para después imprimir las gráficas.
Julio Cuitláhuac de la Peña es el autor de Los peces plateados. En su libro describe a esos hombres que formaron un hermético grupo que perseguía a políticos de épocas pasadas. Se decían fotógrafos de medios informativos, pero en realidad eran señalados con cierto desdén y los denominaban “peseteros”, quizás derivado de la moneda mexicana, pues vendían sus fotos.
Parecía que alguien del primer círculo les pasaba la agenda de los actos oficiales más importantes, por más ocultos que estuvieran, sin que ellos representaran a ningún medio informativo. En algunos casos llegaban primero que reporteros de algún medio, cuyos fotógrafos les daba resquemor.
—Cómo está licenciado.
Y el sablazo.
Entre ellos había tres hermanos. Un día acordaron visitar la oficina del entonces ‘general’ Arturo El Negro Durazo, “siniestro”, “legendario”, “generoso” jefe de la policía preventiva del Distrito Federal, durante el sexenio de José López Portillo.
Los hermanos Otero, oriundos de Michoacán, narra Cuitláhuac, se presentaron como “periodistas” y, después de hacer antesala, soltaron a lo que iban: por unas placas para taxis. Pero el jefe de la policía los cuestionó con su florido lenguaje, después de mirarlos, y les dijo que ellos ni siquiera taxi tenían.
Los Otero prometieron comprar un vochito. Entonces el jefe policíaco ordenó a uno de sus hombres, un tal Francisco Sahagún Vaca, para que atendiera a “los señores periodistas”, y después de dos horas salieron con sus láminas bajo el brazo.
Atrás quedaba la plaza de Tlaxcoaque, famosa por ser escenario de tortura y hacer cantar a los detenidos con agua de Tehuacán en las fosas nasales.
Julio Cuitláhuac ubica en el tiempo:
— El PRI, era la catedral de la política, el limbo de los oradores de templete, de los líderes natos, y allí estaban los hermanos Otero para tomarles fotos, para inmortalizar las visitas de los presidentes municipales, para pedir las atenciones de sus carteras; no era gratis el recibimiento de estrellas cuando bajaban de sus autos o entraban a los edificios.
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Julio Cuitláhuac de la Peña es, además de editor y reportero, escritor fantasma. Y como tal ha escrito, en los últimos cuatro años, alrededor de 20 libros por encargo, “la gran mayoría sin su crédito”, los cuales han sido vendidos en vitrinas de Gandhi y Sanborns. Abarcan temas desde gastronomía, ciencia y arte, entre otros.
En enero de este año 2020 fundó, junto con su hijo, la agencia de prensa y relaciones públicas Unart, misma que, dice, desgraciadamente, “fue recibida por una cuarentena interminable”.
En cuanto a El último pez dorado, De la Peña dice que hace dos años comenzó a escribir un borrador de la novela, que se inspira en la vida de un viejo fotógrafo ‘pesetero’ que ejemplifica “una relación muy poco abordada entre el poder y ese grupo específico que recibía dinero de funcionarios y políticos de todos los niveles que pagaban así una especie de cuota…”.
La idea de escribir esta novela está basada en las anécdotas y vida de su amigo fotógrafo Juan Otero (nombre ficticio) que surge de charlas “mientras fumamos cigarrillos o tomamos café donde me cuenta que ya no es como antes, que ya se retiró la mayoría de peseteros ante la falta de ingresos, pues los políticos ya perdieron la tradición de repartir dinero entre ‘la prensa’”.
Pero el detonante para escribir la historia, precisa Julio, quien también ha estado en puestos de relaciones públicas, “fue mientras veía un documental de tiburones, donde explican que los pececillos parásitos que les seguían formaban una estela plateada”.
La analogía entre dichos peces del gran depredador y los ‘peseteros’ con los políticos, añade, “me pareció brutalmente bella, y de allí surge el nombre de El último pez plateado, y ya con el nombre de la novela entre los labios, comencé a escribirla de manera natural basado en las charlas con el personaje”.
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Juanito, como De la Peña lo llama, le cuenta anécdotas de cinco décadas de buscar la dádiva económica del poder “y esto me nutre de material literario para una novela sobre un tema, el de los ‘peseteros’, que no se ha abordado, quizá por vergüenza colectiva del periodismo y que por ello siguen siendo invisibilizados”.
No se trata de escribir sobre periodistas que recibían dádivas, aclara, “sino de la vida de un ‘pesetero’ que, sin medio de comunicación que les respaldara, se aprovecharon de la vanidad y de ‘los usos y costumbres’ de la clase política que, de acuerdo a su lógica, tienen o tenían la obligación de reportarse con un recurso a cambio de ser recibidos por los flashes de las cámaras fotográficas al llegar a eventos. Se necesitaban el uno al otro”.
Su obra, insiste De la Peña, no tiene como fin justificar, ni criticar, ni condenar ni desmitificar, sino contar una historia de un México que existió y que se desarrolla en su mayor parte en la capital del país, donde “he sido testigo de cómo gran parte de compañeros de la prensa deprecia a este sector ‘pesetero’, los insulta y reniegan que formen parte del periodismo”.
—¿Es una realidad novelada?
—Así es –subraya-, casi no hay ficción; en este caso la realidad es sorprendente y el movimiento del personaje central a través de los años lo hace testigo de una época de políticos sui géneris y no hace falta agregar nada a lo anecdótico o a la construcción de ellos como personajes.
—Sin embargo…
—Sí –ataja- me siento muy cómodo en este género, pues me permite licencias que la crónica o el reportaje no tienen. El personaje, en sí mismo, me pareció muy interesante: educado, con un gran bigote, michoacano, todo un estratega para abordar a gobernadores y políticos, con una historia ligada a míticos personajes como Durazo y Rubén Figueroa, entre otros.
De la Peña dice que Juanito, ahora con 70 de edad, empezó en 20 ese oficio; aunque también menciona a otros personajes de esa cofradía, entre ellos a una mujer, “ahora despreciados por políticos de la izquierda morenista y perredista del olvido de los priistas”.
Y adelanta parte el final de su novela: es una mañana, cuando Juan Otero comprende el final de su gremio.
“Se encontraba fuera de la sede nacional del PRI, en la avenida Insurgentes Norte, colonia Buenavista; a través de las rejas podía ver la soledad de la explanada; muy lejos quedaban el ir y venir de políticos con sus chalecos rojos y corbatas verdes.
Alcanzó a ver el monumento de Colosio, supo que todo había terminado, que su misión de hacer sentir más grandes a los políticos había llegado a su fin. La tarde estaba despejada, el último pez plateado se rindió. Juan Otero alzó los brazos y el rostro, vio la superficie y se elevó nadando hacia la luz”.