Cultura

El último cantero de Almoloya

Su rostro está labrado de arrugas y sus manos parecen forradas de algo que asemejan guantes desgastados. Es el cúmulo de setenta y seis años de vida en el campo y en este oficio de picar piedra negra con mazo y punzón para dar formas a metates y molcajetes. Es El último cantero.

Romualdo Valdés Martínez nació en San Mateo Tlalchichilpan, municipio de Almoloya de Juárez, Estado de México. Temprano dejó la escuela pues tenía que ayudar a su padre en el cuidado de unas cuantas vacas y en el cultivo del campo; después, a picar piedra. Literal.


No muy lejos de su casa —señala hacia arriba con el índice— está el cerro del que sacan la piedra, pero la cantera está por agotarse, además de que Romualdo está cansado y un poco enfermo de los pulmones de tanto levantar el mazo y golpear esos trozos de piedra negra.

Con sus manos aún fuertes, como forradas de cartón macizo, Romualdo atenaza el marro con la derecha y golpea la concavidad, de tal forma que el cubo de metal tenga la suficiente caída para romper el tejido de la piedra que golpea con la única intención de moldearla.


Un sol ardiente cae en esta zona reseca de Almoloya de Juárez. Las palabras de Romualdo son pausadas, apenas audibles, y en ocasiones habla como si lo hiciera para sí mismo; su nuera dice que tiene deficiencias en los tímpanos y entonces sugiere alzar un poco la voz.

Romualdo evoca su niñez y dice que de chico usaba calzones de manta y guaraches de cuero. Ni un cinco le daba su padre. Solo cuando creció pudo ganar un poco de dinero.


“Cantero”, responde cuando se le pregunta cuál es su oficio. “Trabajo en la cantera”. Y qué tal le va, se le pregunta. “Ahí, más o menos”. “Ya es chica la cantera”, dice y vuelve a señalar hacia arriba.

—Qué pasó.

—Ya la tapamos porque se derrumbó allí. Mi jefe llevó la barreta y le palanqueó y sacó cualquier piedrita. Yo estaba trabajando con él. Fue un día sábado cuando llegué y mi jefecito y dijo: ¿Quieres comer? Le dije: “No”.

—¿Usted es el último cantero de Almoloya?

—Sí, el último, porque ya no hay; y más allá, uuuuhhhhh, había dos, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve; de aquí, como dije, solo eran diez. Más allá estaban otros dos. Ya de ahí pa’ la carretera es otro rumbo. Estaban otros.


***

Mi trabajo es hacer molcajetes y metates. Desde chico empecé. No aguantaba yo el marro. Nos íbamos temprano, a las seis, a partir la piedra y sacar trozos para hacer casas. Mi jefe tenía animales, siete reses, y a cortar hierba y a meterlos, a darles agua, a barrer el corral.

Nooooo, la escuela ya no. Y no es como ahorita que dicen, “ya vete a la escuela”, ahora les dan cinco o diez pesos, pero antes no me daban nada, ni siquiera para un dulce. Por eso ya no fui a la escuela y me puse a trabajar mejor. El difunto de mi jefe me enseñaba cómo partir la piedra. Porque la piedra tiene hilo, tiene hilo la piedra y hay que saberla partir.

Entonces en veces dejaba yo la piedra y le daba en contra. Vamos a poner que este es el hilo. Ya ahora aquí se ve el hilo cómo está. Y ya me enseñó cómo. Y ya después me decía: “Este es el hilo cuando quieras rajar la piedra”. Es más correosa la piedra en la contra. Ya le digo: había marros de doce o diez libras. Apenas los aguantaba yo.


En aquellos tiempos se usaba la piedra para el mamposteo de las casas. Mi jefe también me enseñó a hacer la losa de los difuntos, pero no me gustó, porque eran como de tres pulgadas de ancho y de largo como unas treinta; eran para tapar los difuntos, pero no me gustó porque tenías que sacar la piedra de un ancho así y se doblaba, se quebraba.

Sí, yo empiezo con un marro grande, como el de ahorita; sí, a este molcajete todavía le falta bajarle un poquito. Ahora ya nada más hay que sacarle las patitas. Entonces ya se le ve de aquí.

De este trozo tiene que salir la mano del metate. Es de la misma piedra. Solo tengo que emparejarle todo esto, rebajarle, más o menos así, tiene que quedar delgada, luego esto de aquí, todo esto. Medio día me tardo en hacer la mano de metate. Para el molcajete me hago tres días, cuatro días.


***

Y aquí está Romualdo Valdés Martínez, El último cantero de Almoloya, con sus recuerdos y esa enfermedad provocada por el continuo trabajo de levantar el marro y picar la piedra negra.

—¿Y qué siente ser el último cantero?

—Por la edad que tengo ya no pienso. Ahorita Dios me ha dejado vivir, porque tres meses estuve enfermo. Tres meses.

—¿De qué?

—Pues ya ni lo contara yo. Antes íbamos a rajar piedras allá en el cerro. Llevábamos los barrenos, pa’ hacer el agujero y agarraba el puño de pólvora para echársela. ¿Pa’ qué? Para tronar la piedra.


—¿Y ya no lo hace?

—Me han venido a ver, pero les digo que las fuerzas ya no aguantan. Me dice el doctor: “Ya estás acabado de los pulmones, ya no trabajes”, pero qué hago, qué hago— repite y deja de golpear una piedra.

—¿Por qué de los pulmones?

—Por la fuerza que hace uno para trabajar, porque el marro de doce y el de diez libras están pesados. Antes no había carros. Caminabas a San Miguel, de ahí hasta Almoloya y después a Toluca.

Lo visita Andrés Ríos Melquiades. “Vine por lo de un metate, para ver en cuánto me sale”, dice el recién llegado. “Es que me lo está pidiendo una juez de aquí de los juzgados de menores de Zinacantepec”.


—Le hará un regalito.

—Ella pidió el apoyo que si le conseguíamos un metate y de pura casualidad vine aquí; por eso estamos viendo metates y molcajetes.

—Vino usted con El último cantero de Almoloya.

—El último, porque el otro, su hermano Melitón, ya se nos adelantó. Es el que sacaba más, allá pa’ mi pueblo, para Santiaguito.

—Usted viene de un pueblo vecino.

—Sí, de Santiaguito, el pueblo de las cazuelas.

—¿Y qué le parece el producto de Romualdo?

—Bien, porque es de piedra negra.


—¿Es la mejor?

—Exactamente, porque la piedra blanca nomás se hace lisa, lisa, y la salsa sale blancuzca.

—Y se deshacen rápido.

—Sí, esos metates de San Pablo nomás los pintan con carbón. Yo en su pobre casa tengo un molcajete que me vendió su hermano de don Romuán. Yo creo que el molcajetito tiene unos ocho o diez años.


Los dos hombres se quedan intercambiando opiniones sobre precios y tamaños de metates y molcajetes. Romualdo se encorva para medir con una cinta métrica sus pocas piezas, colocadas en un pretil de su casa, para mostrar a su cliente los diferentes costes.

“Espero que don Romuán nos dure muchos, porque si no quién nos va a hacer molcajetes”, dice Andrés Ríos Melquiades, mientras acomoda su sombrero.



Humberto Ríos Navarrete

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