Cultura

Bato Lucas vuelve a la costa

Milenio M logo
Únete al canal de Milenio  

Habíamos quedado en que no eres del norte del país, sino del sur, un pueblo costeño donde creciste entre vacas y becerros; ahí fue donde te nació la esperanza de calzar botas vaqueras, pues te gustaban películas con tus ídolos del oeste gringo que salían con pistola al cinto y a caballo. Por eso montabas tu potrillo de un brinco.

Solo te faltaban las botas vaqueras y portar un revólver, para completar una parte de tus aspiraciones, aunque nunca fuiste afecto a las armas en esa región que se ha distinguido por la violencia, en especial en sitios concretos, aunque en realidad es gente buena a tal grado de dormir en el piso para ofrecer su cama al visitante.

Lo que no soporta es la traición ni que algún forastero llegue de fanfarrón o a pasarse de listo. La tuya es gente franca, aunque a veces hable fuerte, y se entrega toda si le caes bien.

Entonces creciste con la costumbre, como si se tratara de una señal de que, al entrar a un restaurante, cantina o lonchería, lo primero que tenías que hacer era observar si en el fondo había una mesa desocupada, en especial una esquina, para sentarte de espaldas a la pared y desde ahí dominar el entorno.

No recuerdas haber visto ese acto en alguna de tus películas favoritas, de preferencia las mexicanas, tales como El águila negra o algunas series gringas, de las que en especial recuerdas Randall, el justiciero, con Steve MacQueen, quien lucía una escopeta recortada que desenfundaba en un dos por tres y cortaba cartucho en el aire.

Después, con el tiempo, te entró esa fantasía de ser cholo, y también, difundiste la idea de que cuando crecieras te comprarías un auto convertible para manejarlo por la Costera Miguel Alemán, tú vestido de lino y con unos mocasines blancos como los que se usaban en aquella época.

Lo de la vestimenta quizás se cumplió un poco, pero no lo del auto, pues además de que no tenías dinero, tampoco hiciste el intento; más bien era pura fantasía inspirada en algunos personajes de películas francesas que lucían ropa holgada y sombreros panamá.

Pero retornemos.

Lo de Bato Lucas fue un sobrenombre que cruzó por tu mente, luego de que amigos tuyos se burlaron, porque decían que insistías en imitar a pachucos, cholos y chulos, pero que todo quedaba en remedos, y quizás por eso nació un estilo híbrido en el entonces DF, donde compraste unas botas vaqueras bien picudas color café desteñido de las que te enamoraste a primera vista un domingo que recorrías el mercado de la Lagunilla.

Las botas sobresalían entre una variedad de zapatos que el vendedor se esmeraba mantener en orden sobre la banqueta. Es verdad que ya las habías visto en vitrinas de la entonces avenida San Juan de Letrán, hoy Lázaro Cárdenas, cerca de la Plaza de Garibaldi, y cada vez que pasabas por ahí las mirabas y suspirabas, incluso las acariciabas. Ibas y venías. Dabas vueltas.

—Las que guste, ¿eh?, se las podemos mostrar.

—Gracias, pero solo venía a ver para después venir a la segura.

—Cuando guste, aquí estamos para atenderle. Lo esperamos.

—Gracias, señorita.

Un día, cuando caminabas sobre esa misma banqueta, viste el anuncio que se estrenaba una película, El Graduado, con Dustin Hoffman, quien, en el papel de Benjamin, se enamora de la Señora Robinson, una bella mujer, mayor que él, interpretada por Anne Bancroft. La melancólica música de fondo, Los sonidos del silencio, compuesta por Simon y Garfunkel, Pauk Simon y Dave Grusin, quedó como parte de tu memoria.

Recuerdas que esa tarde saliste del cine con la esperanza de encontrar a la Señora Robinson; y tú, convertido en Benjamin, caminar tras ella; pero la fantasía se esfumó y entonces enfilaste hacia la Alameda Central; y mucho tiempo, hasta ahora, quedaste enganchado con esa canción y volviste a recordar la peli cuando Sergio Esquivel compuso y cantó San Juan de Letrán de siempre, de todos los días, de todas la gente…

Pero el contexto ya se hizo muy largo.

El caso es que hace poco volviste al puerto de Acapulco, después de dos ciclones, de aquel de hace años donde inmensas piedras rodaron por los cerros, pero quedaron atoradas entre casas y barrancas.

Y ahora, años después, viste el contraste entre el Acapulco viejo, de carcomidas casas y edificios abandonado, y recordaste también cómo ha sido corroído por la delincuencia.

Un puerto que solo queda en la nostalgia, un lugar que fue centro de miradas internacionales por un festival de cine del que fue sede.

Ahora, será por el paso del tiempo, lo quieren hermosear con calandrias motorizadas vestidas de foquitos.

Sin faltar piquetes de la Guardia Nacional sobre la Costera Miguel Alemán, por la que corren ruidosas motos y se hacen festivales que terminan en riñas entre visitantes que se emborrachan con chelas compradas en oxxos y cervecerías.

Hay, por supuesto, otro Acapulco.

Y más allá, en las montañas, pueblos asolados por el crimen, ahora más organizado, que se hicieron un quiste de un tiempo hacia acá, por más guardias nacionales que vayan a pasear y otra vez dejar en la incertidumbre a pueblos enteros.

Pero ese es otro tema.


Google news logo
Síguenos en
Humberto Ríos Navarrete
  • Humberto Ríos Navarrete
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.