Ayer corrió como reguero de etcétera una noticia relacionada con el mundo literario en español: la novela Donde el agua trabaja, del escritor peruano David Silva Rojas, fue explorada mediante una herramienta detectora de chanchullos y resultó que, según sus filtros, había sido ¿escrita? un 99% con IA.
El hecho no sería noticia si el libro puesto en solfa fuera un libro cualquiera entre los miles de libros cualquiera que abarrotan las indefensas mesas de novedades.
No es así. La novela breve Donde el agua trabaja fue galardonada con el Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat, dotado con 20 mil euros (418 mil pesos mexicanos al cambio de hoy, 23 de octubre de 2026) y publicación en el sello editorial mexicano Almadía.
La editorial, con buen sentido del principio de presunción de inocencia, ha declarado sobre el autor que “no tenemos elementos para desconfiar de su palabra”, pero para evitar mayores escándalos ha suspendido la presentación de la obra.
Supongo que harán nuevos análisis, cotejos, careos con tufo judicial, y supongo que de confirmarse el desaguisado buscarán reparar el estropicio de lesa literatura, si es que lo fue.
Pero no sé, eso se irá sabiendo en el camino, aunque el asunto ya a estas alturas es ingrato, pues con el mismo programa (Pangram) que sirvió para escudriñar la novela se analizaron las respuestas del autor a las entrevistas respondidas por escrito, “y esas respuestas también tienen una alta dosis de Inteligencia Artificial”.
O sea, una aberración en cadena si es que, en efecto, el detector ha descubierto la verdad.
La noticia tiene varias puntas. Por un lado, impacta a las instituciones organizadoras, sin duda.
Por otro, golpea a quienes con ilusión presentaron sus obras al concurso, pues sospecharán que tal vez los doblegó, como a los ajedrecistas, una máquina.
Otra punta es la de los lectores, que ahora no sólo desconfiarán del libro Donde el agua trabaja, sino de tantos otros que seguramente son sancochados, vayan ustedes a saber, en quince segundos por la herramienta más moderna que sirve para emular la creatividad humana. Por mi propia circunstancia, lo que más me inquietó fue la posición del jurado.
La salpicadura de fango para quienes lo conformaron es ingrata por la viralización de la noticia, pues de inmediato y sin reflexionar nada se piensa en los filtros, en los dictaminadores, en la aduana para detener lo malo y lo burdo, y sólo dejar vía libre hacia el triunfo a la obra más destacada y, hoy como nunca, original, ajena a las prácticas del Pierre Menard digital.
Varias veces he sido jurado de premios estatales, nacionales y algunos internacionales.
No suele ser una chamba cómoda ni bien pagada, pero luego de aceptar ese feo papel he hecho lo posible por detectar y discutir con mis homólogos u homólogas los atributos de cada propuesta con el fin de distinguir la obra ganadora.
Hasta el momento no me ha ido mal, y salvo en uno donde el debate se puso candente, en todos los demás creo que he participado en veredictos cercanos a la unanimidad.
En no pocos certámenes he dictaminado más de cien obras, y es allí donde se debe tener callo para encender la luz roja no sólo a los trabajos menos afortunados en forma y contenido, sino también a aquellos poco originales o no tan creativos.
Hasta hace no tanto, cuando no habíamos entrado todavía a la era copy-paste, casi nadie sospechaba de plagios, pero ahora llegamos a una etapa superior de la era plagiaria: la inescrupulosa era de la IA, lo que supone un riesgo, la posibilidad de una mácula en su prestigio para cualquiera que se anime a ser jurado.
Por lo pronto, la moraleja que me queda tras enterarme de la increíble y triste historia de la novela ganadora y su supuesta IA desalmada, es que ya no voy a aceptar el inseguro rol de jurado o dictaminador.
Como dije, las instituciones suelen pagar poco por tal subempleo, es mucho esfuerzo y ahora se añade el agravante del peligro por los usos y abusos de la inteligencia apócrifa.
En todo caso, se me ocurre que en lo venidero será imprescindible añadir en las bases una cláusula parecida a ésta: “La institución convocante recibirá el fallo dos semanas antes de darlo a conocer.
En el lapso intermedio pedirá que la Interpol indague si el trabajo ganador es plagio o texto elaborado con IA”.
Para terminar, ojalá que el escritor inca no haya tronado el dinero del premio, por si acaso le solicitan su reembolso.
Quedará en tal caso como una especie de Campeón sin corona, título de una película mexicana protagonizada, curiosamente, por su tocayo David Silva, gran actor.