Para cerrar un mes que no se caracterizó por arrimar buenas noticias, el miércoles 30 de septiembre perdí el celular.
Hice todo lo indicado en esos casos, como tratar de localizarlo y, al fracasar en el intento, dar de baja el número en la compañía y bajar en el banco los accesos a la aplicación correspondiente.
En suma, el show que seguramente muchos ya conocen o con facilidad pueden imaginar ante una situación como la descrita.
Creo que en ningún momento perdí la estabilidad.
Sabía que los datos contenidos en el aparato eran inaccesibles o casi inaccesibles, no sé, y en cuanto al teléfono en sí, de inmediato eché a andar el mecanismo que desde hace mucho me protege ante las pérdidas por robo o distracción: que toda propiedad, la que sea, presupone esencialmente la posibilidad de que en cualquier momento deje de serlo, que se extravíe, que la roben o incluso que se descomponga.
Esto no significa que me alegre perder algo o me dé gusto que se destartale, sino que trato simplemente de no dramatizar ante una posibilidad siempre latente y a veces, como ahora, consumada.
Luego de terminar con las primeras diligencias ante la compañía telefónica y el banco, ya más relajado pensé que lo ocurrido podía convertirse en una gran oportunidad de abandonar, por fin, el smartphone.
Dada mi actual circunstancia (similar a la del coronel que no tiene quien le escriba), vi viable aprovechar el caso para atender, al menos de manera parcial, la recomendación de Franco Berardi en su libro Desertemos.
Pensé en comprar un celular de 1995, sólo para llamadas y mensajitos SMS, sin el enjambre de modalidades distractoras.
Este sueño no se pudo realizar sobre todo por el banco, donde me indicaron que es imposible hacer cualquier trámite desde la web si no se asocia con un teléfono que contenga la aplicación autorizada.
Pensé al final del circo que estamos atrapados, que la telaraña digital y todas sus implicancias nos tiene enredados casi irremediablemente en el consumo, en la pérdida de concentración, en la banalidad, en la vigilancia permanente de todas nuestras acciones, en la lepra de la IA, en la sensación de libertad para que seamos dóciles proveedores de la big data 24/7.
En fin, ya compré un nuevo equipo. Esta vez no pude escapar.