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Lunes , 22.04.2019 / 08:27 Hoy

Cartas de amor

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Nunca se supo el nombre de aquella mujer enamorada, desolada, destrozada. Se sabe que no soportaba la idea de continuar viviendo sin el calor de su amado. No le asustaba la idea de vivir en soledad, sino de ver el paso del tiempo como un alud de tristeza que se le venía encima luego de la muerte de su amada pareja. A Eung-tae lo hallaron en el 2000 unos arqueólogos que no daban crédito a la historia de amor intenso que llevaba metida en el pecho aquella momia sucia y andrajosa: portaba 13 cartas entre lo que quedaba de sus ropas. Una de ellas, dirigida al padre de Won, está escrita con las lágrimas de una joven viuda que llevaba un bebé en las entrañas. “Lee atentamente este mensaje y vuelve a mí en sueños, muéstrate en detalle”.

Con el corazón desgarrado de dolor, la viuda se empeña en saber por qué la abandonó, por qué la dejó sola con el pequeño bebé que tendrá que vivir el futuro sin su padre. En su misiva, fechada en 1586, la adolorida mujer sin nombre le suplica a su pareja, un joven coreano alto y fuerte: “Es que no puedo vivir sin ti. Es que quiero irme contigo. Por favor, llévame allá donde estés. No puedo olvidar en este mundo mis sentimientos hacia ti y mi dolor no tiene límites”.

Me gusta recordar la historia de amor de Eung-tae y su joven mujer, que dejó a modo de postrero tributo a su desafortunada pareja un par de zapatillas tejidas con su cabello. Es un poema trágico que ha hallado cobijo al paso del tiempo en la literatura, en el cine y hasta en la ópera. Me gustan sobre todo las historias románticas que trascienden el tiempo convertidas en aviones o barcos de papel, aunque las más frecuentes son, sin embargo, las que terminan convertidas en jugosos depósitos en cuentas bancarias. Hay que ver si no cómo las casas de subastas y las librerías ofrecen a menudo volúmenes que chorrean miel con las cartas de amor de enamoradizos famosos mientras tintinean sin cesar sus cajas registradoras.

A veces hay razones raras para convertir los latidos del corazón en billetes. Por ejemplo, las que llevaron hace unos días al cineasta, periodista y escritor francés Claude Lanzmann a vender a la Universidad de Yale 112 cartas de apasionado amor que le escribió la escritora Simone de Beauvoir. Una ley que acaba de entrar en vigor en el país galo obliga a entregar los escritos de la autoría de los difuntos en manos de terceros a los herederos, sin considerar si han sido dirigidos, regalados o dedicados a otros, de manera que Lanzmann, quien mantuvo una intensa relación amorosa con Beauvoir entre 1952 y 1959, decidió a sus 92 deshacerse de los testimonios del amor loco que vivió con la feminista, 17 años mayor que él.

Lamentablemente, el contenido de la candente correspondencia no ha sido dado a conocer por el momento, ni tampoco el precio que la institución educativa estadunidense pagó por ella, aunque es altamente probable que el acuerdo de venta incluya la pronta publicación de los textos. Está claro que el amor también deja dinero.

El que parece un verdadero manjar es el volumen de unas mil 300 páginas, Correspondencia 1944-1959, que acaba de publicar la prestigiada editorial francesa Gallimard, con 865 misivas que intercambiaron durante 15 años de apasionada culpa el Nobel Albert Camus y la actriz española María Casares. Quienes lo han tenido en sus manos lo describen como una auténtica novela de amor: “Te deseo, amor, de la mañana a la noche. No sé
qué me pasa. Nunca he estado así e incluso me da un poco de vergüenza”, le escribe María en un suspiro desde sus 21. Él le responde, seductor a sus 30: “Es falso, lo sé por mí mismo, que el amor ciegue. Al contrario: hace perceptible lo que, sin él, no llegaría a la existencia y que, sin embargo, es lo más real en este mundo: el dolor de la persona que amamos”.

Una novela intensa que incluye en el trasfondo los escenarios bélicos de la Segunda Guerra Mundial y una Francia invadida por los nazis, un Camus que se parece a Humphrey Bogart y que pelea en las filas de la Resistencia, una actriz que huye del franquismo, un romance que comienza en la madrugada del Día D, una infidelidad que no llena de remordimientos la soledad de un escritor encerrado en un apartamento parisino mientras su mujer huye a Argelia, un premio Nobel y un montón de amoríos.

Catherine Camus debe haber querido mucho a su padre, fallecido en un accidente de automóvil en 1960 a los 46 años. Se acercó a la actriz y le compró las misivas que ahora publica Gallimard. Además, escribió valerosamente en el prólogo: “Gracias a los dos, sus cartas hacen que la tierra sea más vasta, el espacio más luminoso, el aire más ligero simplemente porque han existido”.

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