Una de las batallas más difíciles y añejas en América Latina es la que se tiene contra la pobreza. No sólo nos enfrentamos a niveles de pobreza elevados en los distintos países sino que la brecha de la desigualdad se sigue ensanchando: la tendencia es que los pocos ricos se vuelvan más ricos, en tanto que los muchos pobres se vuelvan todavía más pobres. Y en el contexto de la pandemia hubo un freno en los resultados de la lucha contra la pobreza debido, fundamentalmente, a dos factores que conocemos bien: la inflación y la precariedad laboral, de acuerdo a los datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).
En América Latina habrá 201 millones de personas en situación de pobreza al finalizar 2022, lo que representa el 32 por ciento del total de la población. Luego de la crisis de 2020, el año pasado se produjo un avance contra la pobreza pero en 2022 dicho avance se perdió. La combinación de factores no ha favorecido a la gente: los precios subieron más de lo previsto y se mantienen altos, al mismo tiempo que la precariedad de los empleos -que viene desde hace décadas- se sigue profundizando. Y con esto vienen la inseguridad laboral, los malos salarios, la informalidad y, sobre todo, la falta de certeza en cuanto a los ingresos: mucha gente vive al día y no tiene condiciones para emprender, hacer proyectos o planes a mediano y largo plazo.
Cuando la inflación es elevada y los empleos son precarios, los que más sufren el golpe son los que menos recursos tienen, los que menores ingresos perciben, los que trabajan pero no ganan lo suficiente para cubrir los costos de lo básico. En México no sólo hay una inflación que se mantiene por encima del 8 por ciento, sino que la pobreza laboral afecta a cuatro de cada diez trabajadores: con lo que perciben por el fruto de su trabajo no alcanzan a pagar los costos de una canasta básica. Y además los mexicanos son los que más horas trabajan en los países que conforman la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE): dos mil 132 horas al año, muy por encima del promedio que es de mil 730 horas al año.
Cuando la inflación se calme y los precios se estabilicen, la precariedad laboral no se irá. Se trata de una tendencia muy fuerte que se ha ido arraigando desde hace años y que representa un problema gigantesco: en países con pobreza y desigualdad, con grandes necesidades sociales, se requieren de empleos de calidad, con seguridad y estabilidad, con buenos salarios que garanticen que los trabajadores mejorarán sus condiciones de vida. Y en lugar eso, la gente encuentra trabajos mal pagados. El acceso al mercado laboral debe significar una posibilidad real de mejoría, de generar ingresos y vivir mejor, de cubrir más que necesidades básicas.
En la lucha contra la pobreza, una batalla fundamental está en el trabajo, en disminuir la precariedad laboral, en mejorar los salarios y en devolverle a los empleos la dignidad del reconocimiento. Trabajar debe ser sinónimo de mejorar y no de empobrecer.
Héctor Farina Ojeda