El insuficiente dinamismo económico será una de las características para América Latina en 2026. De acuerdo con las proyecciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), la región tendrá un crecimiento promedio de 2.3 por ciento en 2026 en un entorno marcado por la incertidumbre, por los aranceles y la guerra comercial, así como por la falta de impulso propio. Uno de los hechos notables es que las grandes economías latinoamericanas tienen pronósticos de repunte limitado: se estima que Brasil crecerá 2.0 por ciento, mientras que México tendrá un incremento de 1.3 por ciento en este año.
Las proyecciones de la Cepal nos hablan de un crecimiento modesto en la región, del mismo tenor que en los últimos tres años: apenas por encima del 2 por ciento. Y no sólo tenemos que considerar la incertidumbre para el comercio, las inversiones y los negocios debido a las tensiones comerciales sino que hay que añadirle la inestabilidad y la inseguridad que se suman tras la intervención de Estados Unidos en Venezuela en un operativo que terminó con la captura del presidente Nicolás Maduro.
América Latina no solo se enfrenta a los pronósticos de una actividad económica insuficiente sino a la pérdida de su propio impulso. Y lo hace en un escenario marcado por la inestabilidad, por la incertidumbre en el entorno internacional y por las grandes necesidades sociales que deben atenderse. Los niveles de crecimiento económico latinoamericano no sólo no son suficientes para atender las necesidades del momento sino que no alcanzan para pensar en tan siquiera minimizar los malestares de la pobreza y la desigualdad.
Pero además de que las tasas de crecimiento no son las mejores en cantidad, la mala calidad de los repuntes latinoamericanos es otro factor importante que limita los beneficios: la desigualdad en la distribución de ingresos y riquezas es tan grande que el hecho de que algunos países logren que el Producto Interno Bruto (PIB) aumente por encima del 3, 4 o 5 por ciento anual tampoco es garantía de que eso represente una mejoría para la gente. La concentración de la riqueza en pocas manos convierte en un mito aquello de “derrama económica” porque a lo sumo se llega a un goteo de ingresos para los sectores más necesitados.
Con pronósticos de crecimiento limitado, con una notable falta de impulso propio, con las grandes economías latinoamericanas que avanzan muy lentamente, y con el entorno de incertidumbre, inestabilidad y enrarecido ambiente comercial, nos enfrentamos nuevamente ante un año complicado. Ni las inversiones ni la generación de empleo se vislumbran con bríos suficientes para revertir la tendencia limitada de los años anteriores.
En lugar del gran salto al futuro, es el retorno al pasado el que se percibe en el ambiente. El gran reto latinoamericano sigue siendo construir economías fuertes, con impulso propio, que sean capaces de enfrentar y superar entornos adversos. Hacia ahí deberíamos ir.