Por ser semana Santa, en esta ocasión le pedí ayuda mi hermano Alberto; Sacerdote, Teólogo y Filosofo, quién escribió:
“Hay una noche que no termina de pasar. Comienza en un gesto —el pan partido— y se abre como herida en la traición silenciosa de Judas. Y, sin embargo, ahí mismo, cuando todo empieza a quebrarse, Jesús se inclina y lava los pies, como si el amor quisiera adelantarse al pecado y sostener lo que ya comienza a romperse.
Luego la noche se espesa. Getsemaní es angustia, soledad, lucha. Sudor de sangre divina. Viene el prendimiento, el juicio vulgar sumario, sin verdad, puro formalismo, hipocresía a ultranza: la condena ya estaba decidida. El cuerpo es herido, la profecía dice que el siervo sufriente no tenía aspecto humano, era como un gusano. Y el camino se vuelve peso, y finalmente el grito: la muerte de Dios. Silencio. Todo parece terminado, como si la oscuridad hubiera vencido definitivamente.
Y quizá por eso nuestro tiempo lo entiende tan bien. No por nada somos conocidos como la sociedad del cansancio, del híper consumo; como la modernidad líquida. También nosotros hemos aprendido a vivir como si Dios no estuviera. No parece que lo necesitamos, incluso a veces estorba. Hemos repetido —a veces sin palabras— que Dios ha muerto, y que lo hemos expulsado con la indiferencia, con la autosuficiencia, con una vida cerrada sobre sí misma, incapaz de abrirse a algo más grande.
Pero no termina. El sepulcro guarda un silencio que no es vacío. Algo ocurre en lo invisible. Y entonces, sin ruido, la luz irrumpe. No cancela la noche: la atraviesa. No borra la cruz: la revela. El Resucitado inaugura lo que ya no puede morir, lo que ya no puede ser vencido.
Y sólo entonces comprendemos: nada estaba aislado. La traición no detuvo el amor, la oscuridad no venció la fidelidad, la muerte no tuvo la última palabra.
Y también nuestra noche puede ser habitada.
Porque incluso allí donde el hombre creyó haber matado a Dios, Él sigue viniendo. Y en Él, toda oscuridad puede abrirse, toda herida puede sanar de nuevo, y la vida —contra todo pronóstico— vuelve a levantarse, silenciosa pero invencible. La noche, la de todo hombre, la mía y la tuya empieza a ser habitada”.
Padre Chacho