Política

Cuando Doris Lessing recibió el Nobel

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Gil vagaba por el amplísimo estudio, sólo lo detuvo un pequeño libro perdido en un entrepaño “No ganar el premio Nobel (Alpha Decay, traducción de Juan Gabriel López Guix, 2008). Lessing es autora, entre otros libros, del quinteto de novelas cuya protagonista es Martha Quest: Martha Quest (1952), Un matrimonio convencional (1954), Vuelta al hogar (1957), Al final de la tormenta y La costumbre de amar (ambas de 1958) todas acerca de la vida en África, donde vivió cerca de treinta años. Los siguientes subrayados pertenecen a su discurso de aceptación del Nobel.

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Vivimos en una cultura fragmentada, en la que nuestras certezas de hace tan sólo unas décadas se ponen en entredicho y en la que suele ser común que los hombres y mujeres jóvenes, tras años de educación, no sepan nada del mundo, no hayan leído nada, sólo sepan de una u otra especialidad; por ejemplo de computadoras.

Hemos vivido un invento increíble: las computadoras, Internet y la televisión. Se trata de una revolución. No es la primera revolución a la que se enfrenta la raza humana. La revolución de la imprenta, que no se produjo en el curso de unas pocas décadas, sino que se prolongó mucho más, transformó nuestra mente y nuestra forma de pensar. Temerarios como somos, la aceptamos plenamente, e igual que hacemos siempre, nunca nos preguntamos: ¿qué será de nosotros ahora, con esta revolución de la imprenta? Del mismo modo, nunca se nos ha ocurrido preguntar: cómo cambiará nuestra vida, nuestra forma de pensar, el Internet

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Hace muy poco, todo el mundo, incluidos quienes tienen una formación modesta, respetaba el saber, la educación y nuestro gran acervo de literatura. Sí todos sabemos que cuando vivíamos en ese feliz estado la gente fingía que leía, fingía que respetaba el saber. Ahora bien, es un hecho documentado que las clases trabajadoras tenían un anhelo de libros, y la prueba es la fundación de escuelas y bibliotecas obreras, los colegios populares de los siglos XVIII y XIX.

La lectura, los libros, formaban parte de la educación general.

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Las personas mayores, al hablar con los más jóvenes, deben entender en qué medida la lectura era una educación, porque los jóvenes saben mucho menos. Y, si los niños no saben leer, es porque no han leído. Todos sabemos esta triste historia. Sin embargo, no sabemos su final.

Pensamos en la vieja máxima. “La lectura llena al hombre”; y dejando de lado los chistes relacionados con el sobrepeso, la lectura llena a la mujer y el hombre de información, de historia, de toda clase de conocimientos.

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No hace mucho un amigo que había estado en Zimbabue me habló de un poblado donde los habitantes llevaban tres días sin comer, pero seguían hablando de libros, y de cómo conseguirlos, de educación. Pertenezco a una organización que nació con el propósito de llevar libros a los poblados. Un grupo de personas que, en relación con otro asunto, había recorrido de arriba abajo Zimbabue, me contó que, a diferencia de lo que se decía, los poblados están llenos de personas inteligentes, maestros jubilados, maestros, niños, ancianos. Yo misma pagué una pequeña encuesta para averiguar qué deseaban leer los zimbabuenses, y descubrí que los resultados eran los mismos que los de una encuesta sueca que no conocía. Los zimbabuenses desean leer el mismo tipo de libros que nosotros en Europa: todo tipo de novelas, ciencia ficción, poesía, historias policiacas, obras de teatro y libros prácticos, por ejemplo, sobre cómo abrir una cuenta de banco. Y también todo Shakespeare.

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El contador de historias está en lo más profundo de cada uno de nosotros. El creador de historias siempre está con nosotros. Supongamos que el mundo quedara asolado por la guerra, por los horrores que todos podemos imaginar fácilmente. Supongamos que las inundaciones arrasaran nuestras ciudades, que creciera el nivel de los mares. A pesar de eso, el contador de historias seguirá ahí, porque nuestra imaginación es lo que nos da forma, nos mantiene, nos crea, para lo bueno y para lo malo. Son nuestras historias las que volverán a crearnos cuando estemos rotos, heridos, incluso destruidos. El contador de historias, el creador de sueños, el hacedor de mitos, ése es nuestro fénix, quien nos representa en lo mejor y lo más creativo.

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Como todos los viernes, Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras se acerca el mesero con la charola que soporta el Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular las frases de Cervantes por el mantel tan blanco: “se pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio”.


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Gil Gamés
  • Gil Gamés
  • gil.games@milenio.com
  • Entre su obra destacan Me perderé contigo, Esta vez para siempre, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer, Nos acompañan los muertos, El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano. Escribe bajo el pseudónomo de Gil Gamés de lunes a viernes su columna "Uno hasta el fondo" y todos los viernes su columna "Prácticas indecibles"
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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