Política

Las flores, los frutos y el sexo

  • Columna de Francisco Valdés Perezgasga
  • Las flores, los frutos y el sexo
  • Francisco Valdés Perezgasga

No siempre han existido las flores. Las primeras plantas no producían flores y, por tanto, tampoco producían frutos. El mundo vegetal, hace 250 millones de años, era bastante aburrido. Pero luego aparecieron las primeras plantas que produjeron flores. El registro fósil indica claramente que hace 160 millones de años ya había plantas con flores las cuales también producían frutos.
Tanto las flores como los frutos han pasado a formar parte de nuestra cultura. Se enraízan profundamente en nuestras metáforas más antiguas, en nuestras historias y leyendas, en nuestro psique más profundo. Esta mañana, un grupo de amigos discutíamos los nombres que una misma fruta adquiere en diferentes países. Por ejemplo, la papaya es la fruta bomba en Cuba. La palabra papaya está reservada en aquella isla para describir las partes pudendas de la anatomía femenina.
En el México alburero y en muchos otros países podemos encontrar numerosas referencias de tipo sexual donde los protagonistas son diversas frutas y verduras. Es por eso que puede uno encontrarse artículos académicos con títulos como “Las frutas y los vegetales como metáforas sexuales en la Roma del Renacimiento tardío”. En dicho artículo, cuyo autor es John Varriano, historiador del arte y de la comida, se describe en los siguientes términos un bodegón de Caravaggio: “el mensaje del bodegón es innegablemente sexual. En una composición tan dramática y agresiva como cualquiera de sus pinturas religiosas, Caravaggio despliega melones, granadas, calabazas, higos y otros frutos sugiriendo tumescencia sexual y receptividad a la penetración. Una vez que uno se fija en el rabo del melón central apuntando a un higo abierto o a los dos guajes que languidecen sobre dos melones rebanados ¿Hay otra manera de interpretar la composición que no sea una interpretación sexual?”.
Quizá -ante el cuadro de Caravaggio- usted no vea lo que Varriano ve, pero el que haya escrito este artículo nos dice mucho de la importancia de las frutas en la forma en que él y nosotros vemos el mundo. Lo mismo, sostengo, sucede con la flor. Como muestra asómese a ver la secuencia de las flores formicantes en la película The Wall, de Pink Floyd. Cuando vi esa película -y esa secuencia- en el antiguo cine Torreón recuerdo el sonoro y climático suspiro del espectador sentado justo detrás de mi asiento.
Pero me pierdo. Esta importancia de las flores y los frutos en nuestras vidas subraya la maravilla y la gloria que es la evolución de la vida en la Tierra. Hubo un momento clave, hace 200-250 millones de años en que nuestro planeta empezó a ver como se poblaba de plantas que daban semillas cubiertas (por un fruto) o angiospermas, además de las plantas que ya daban semillas desnudas, o gimnospermas. En esta temporada de excesos y desperdicios, comer dulces de piñón (de una gimnosperma) y dulces de nuez (de una angiosperma) nos marcaría esta transición clave en la historia natural de nuestro planeta.
Si rascáramos un poquito más en esta división botánica nos toparíamos con grandes sorpresas. Considere, por ejemplo, el diente de león. Esta planta de florecitas amarillas, que sale en cualquier prado de nuestra ciudad es, por definición, una angiosperma. Pero ¿Donde está su fruto? Sus frutos son aquellas plumitas que conforman una esfera y que tanto nos gusta arrancar y soplarles para verlas salir volando.
La flor es un soborno cósmico para atraer con colores y dulzor al polinizador, al intermediario que asistirá a la planta en su reproducción. Esta atracción a un comercio mutuamente benéfico sigue ciertas reglas. La flor a menudo coincide anatómicamente con el pico, la trompa o la proboscis del polinizador. Algunas orquídeas imitan la forma del insecto hembra para atraer al macho y hacerlo que se lleve su polen. Las flores rojas atraen mayormente a los polarizadores diurnos que ven el mismo espectro de colores que nosotros, las flores amarillas a quienes ven en el ultravioleta, las blancas a los polarizadores nocturnos.
El fruto, en la concepción estándar que tenemos de él, es una especie de soborno para atraer al animal con la promesa de un bocado dulce y nutritivo para que se lleve sus semillas en el vientre y las deposite en un sitio alejado, rodeado de fértil caca. Pero el fruto es, a menudo, un medio de locomoción para hacer que la descendencia de la planta ocurra lejos. Las plumitas del diente de león cumplen esa función. Lo mismo las plumas del álamo y del sauce que semejan nevadas cuando vuelan en sincronía en las orillas del Nazas o del Aguanaval a finales de febrero. Los ganchos de los quelites “pegarropa” que agarran aventón al engancharse en el pelo del mamífero que pasa rozándolo. El fruto en forma de aspas del arce (mal llamado maple) que funciona como hélice y convierte al viaje de sus semillas en una maravillosa danza de diminutos helicópteros vegetales.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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