Copil convenció a los habitantes del Valle de México de que se levantaran contra los mexicas, tal como vimos la semana pasada.
Los ejércitos fueron convocados de inmediato para actuar sin piedad.
Cuenta fray Diego Durán que Copil, al ver que su plan había triunfado, escaló un cerrillo que estaba a la orilla del lago Tetepetzinco.
Al pie del cerro había unas fuentes termales que todos conocían.
Desde la cima, el heredero de Malinalxóchitl esperaba presenciar la derrota de los mexicas.
Él reinaría sobre esas tierras y aguas. Crearía así otra estirpe, fundada en la magia y el rencor alimentado por los años.
No obstante, Huitzilopochtli, su tío, sabiendo de su maldad, avisó a su gente por medio de los sacerdotes.
El dios ordenó que cercaran el cerro, pero que no atacaran.
Debían esperar y solo aproximarse cuando estuviera distraído.
La escena resultaba familiar, pues habían abandonado a Malinalxóchitl mientras dormía.
Malinalxóchitl significa ‘flor de malinalli’, y el malinalli era la hierba silvestre, periférica y desordenada.
Representaba el cabello de Tlaltecuhtli, la diosa de la tierra, que debía ser torcido —ordenado— para hacer que la energía del teotl fluyera.
Malinalxóchitl —como los cuatrocientos mimixcoas— practicaba la hechicería salvaje, el poder femenino no controlado, aquello que no debía crecer.
Los mexicas no habían logrado "torcerla", y por eso la habían dejado en el camino.
No obstante, ahora estaban por corregir aquella omisión.
Un sacerdote, llamado Cuauhtlequetzqui, subió al cerro, portando la armadura de colibrí y el casco multicolor con plumas de garza y quetzal.
Tenía el rostro pintado con rayas azules y portaba el antifaz negro salpicado de estrellas.
Encontró a Copil confiado. Al instante lo mató. Luego le abrió el pecho y le sacó el corazón.
Triunfante, elevó el brazo al cielo, ofreciendo la chispa que daba fuego al sol.
Huitzilopochtli había ascendido al cerro en la forma de Cuauhtlequetzqui, como el ave que encarnaba el cromatismo del mundo flor, para liberar el agua sagrada del pecho de Copil.
Luego bajó con el corazón huérfano en la mano y unió verticalmente los tres niveles del cosmos: el mundo flor (el arriba), el mundo real (el medio) y el inframundo (el abajo).
Los mexicas habían podido corregir su propia falla como pueblo y centralizaron el poder.
El sacrificio también consagraba el cerro de Chapultepec como sede del altépetl mexica.
Ahora, Huehue Huitzilihuitl —la pluma de colibrí— nacido de la alianza entre mexicas y la realeza de Zumpango, podía ocupar la cima del tlatoani.
Finalmente, los mexicas habían reconstruido su Aztlán mítico a miles de kilómetros y cientos de años después.
Pero los ejércitos contrarios seguían reuniéndose y esperaban atacar, envenenados con las historias de Copil.
¿Resistirá el altépetl recién consagrado el primer asedio de su historia? Lo sabremos en la siguiente entrega.