Anthony Burguess tuvo que aceptar, en 1962, que la primera edición de La naranja mecánica (A Clockwork Orange) en Nueva York excluyera el capítulo final de su novela, el capítulo 21.
Es muy probable que alguna vez hayamos escuchado la expresión “naranja mecánica”, quizá por el filme homónimo de Stanley Kubrick de 1971, quizá por la naranjada selección holandesa de futbol, aquella de los años 70. La imagen “naranja mecánica” no expresa en sí la complejidad humana que Burguess buscaba presentar en su manuscrito.
La imagen ha venido a significar el ejercicio descarnado –mecánico– de una actividad. En el caso de la novela sin el capítulo 21 y del filme, la ultraviolencia; en el caso del equipo holandés, la fuerza ofensiva del gol.Alex, el protagonista, es un adolescente en la novela y un joven adulto (el legendario Malcolm McDowell) en el filme.
Vive en un mundo nutrido por la violencia subjetiva y sistémica; es decir, aquella que surge de los individuos y del propio sistema. Es encarcelado tras la traición de sus drugos (amigos en Nadsat, dialecto ideado por Burguess) y el homicidio de una mujer que amaba a los gatos.
El resto de la historia es del dominio público: Alex, el ultraviolento espécimen, se transforma, por medio de un tratamiento auspiciado por el estado, en un hombre dócil que los otros pueden maltratar. No obstante, su naturaleza resurge tal como su pasión desbordante por la música clásica.
Alex ha pasado a ser el símbolo del rebelde incorregible, siempre fiel a sí mismo y a sus pulsiones vitales. Pero, no olvidemos el capítulo 21. ¿Qué hay allí? Alex crece y llega a entender la violencia como un asunto adolescente.
Desea tener una esposa y un hijo. Evoluciona. Burguess comenta en el prólogo a ediciones que incluyen el capítulo 21 que el mundo y “Kubrick” prefirieron ver en Alex un símbolo de la destrucción. No obstante, él ofreció un organismo“vivo que rebosa de jugo y dulzura” y que no opera bajo una moralidad mecánica.
La novela propone que todos crecemos “en el árbol del mundo y el jardín del mundo”.
Nos nutren raíces y fuerzas preestablecidas. Seguimos un diseño orgánico, compuesto de fases, que tarde o temprano se encadenan y, como el despegue de un cohete espacial, se anulan una a la otra para dar el fruto de un fruto, quizá insospechado.
¿Cuál es nuestro capítulo 21? Apenas pasamos el solsticio de invierno en el hemisferio norte y la tierra estará llena de vida nuevamente, y nosotros con ella, porque somos semilla, flor y fruto, acercándonos en círculos a la eternidad que dura nuestra vida, carnosa y dulce, oh, radiante y joroschó, como un crobante sol naranja.
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