Para conocer el final de una civilización, como propuse la semana pasada, es necesario viajar hacia el principio.
Adentrémonos en el relato de la nación mexica.
Según los mitos, los mexicas partieron de Aztlán, ‘lugar de garzas’, descrito en el “Códice Boturini” como una isla en un lago.
Investigadores y arqueólogos han intentado ubicar esta isla en el mapa, aunque han llegado a la conclusión de que, más que un lugar específico, es un espacio mítico que representa un origen.
¿En dónde se ubica?, nos podríamos preguntar. La respuesta: en el Norte Antiguo, un lugar que no es solo geográfico, sino un horizonte de memoria ancestral.
De esta manera, el mito habla de una peregrinación de norte a sur que, en realidad, deberíamos entender como una migración en oleadas constantes, más que en un solo movimiento.
Así, Aztlán sería el punto de partida imaginario de estas migraciones que, a su vez, fueron ontológicas.
En el camino, los mexicas sufrieron una transformación que provocó el tránsito mismo.
El mito de Chicomoztoc o el lugar de las siete cuevas escenifica esta metamorfosis.
Los “Anales de Cuauhtitlán” cuentan que los chichimecas salieron de Chicomoztoc en el año 1 Acatl, armados con arco y flecha.
De allí surge su nombre, como dice Miguel León-Portilla: hombres del arco y el pedernal.
Aquí debemos entender chichimeca fuera de la mirada colonial que, tras la caída de Tenochtitlán, definió a los grupos nómadas del norte como salvajes.
Tal como señala Alfredo López Austin, el chichimeca es el ancestro fundacional, la nueva sangre que llegó desde el septentrión para infundir energía vital y guerrera a las civilizaciones sedentarias.
Según los “Anales de Cuauhtitlán”, los chichimecas no tenían casa, ni tierra, ni abrigo de manta blanda, y se cubrían solamente con capa de heno y pieles de animal.
Criaban a sus hijos caminando, colocados en chitacos (redes que colgaban del cuerpo como rebozos) y en huacales (estructuras de madera o varas para cargar peso en la espalda).
Comían tunas, xoconochtli (tunas amargas), biznagas y raíces.
Y afirma el cronista: “Muchos trabajos padecieron durante trescientos sesenta y cuatro años”.
Al término de su travesía se establecieron en Cuauhtitlán, donde —muy cerca— habían reinado los toltecas, antiguos chichimecas que habían alcanzado un grado de civilización estética, urbana y tecnológica.
Este proceso civilizatorio está inscrito en la cosmología de los cinco soles.
Según los antiguos —aclara el texto—, habían ya perecido cuatro soles o mundos.
Se encontraban ahora en el quinto sol, cuya existencia se atribuía a Quetzalcóatl tras haber entrado precisamente en la cueva de Chicomoztoc para recuperar los restos de las humanidades pasadas.
En esta columna ya hemos narrado el momento en que Quetzalcóatl, con la ayuda de Xólotl, baja hasta el Mictlán y le roba a Mictlantecuhtli los huesos de obsidiana para engendrar con la sangre de su pene la nueva humanidad; es decir, los chichimecas del presente.
El mito de Chicomoztoc redefine, entonces, el linaje mexica.
Al adherirse a esta cosmogonía, los mexicas nacen del útero cavernoso al atravesar el desierto como cazadores y guerreros.
Así llegamos a un cruce donde geografía, mito e historia se entrelazan: los mexicas salieron como nómadas de Aztlán y llegaron como herederos de los toltecas, listos para construir una nueva civilización a las puertas del Valle de México.
Pero no vayamos tan rápido. Viajemos al norte, acompañando a los chichimecas peregrinos.
En la próxima entrega analizaremos las mitologías de ese largo viaje a través de las eras.
Este viaje, como en el pasado, es en capas y apenas comienza.